UNA EMPRESA CON SOLERA

Aunque se considera un producto moderno, los platillos son un invento del siglo XVII ideado por un armenio llamado Avedis que creó un negocio que existe hoy en día.

:: JOSÉ MARÍA DEIRA. COMISARIO Y ESCRITOR

 

Iniciada la Edad Moderna, para unos con la toma de Constantinopla por los turcos en 1453 y por tanto la caída del Imperio Romano de Oriente, para otros con el Descubrimiento de América en 1492, la llamada Edad Oscura quedó atrás y empezó una época en la que, curiosamente, el referente no era el período que se acaba de cerrar, sino el otro anterior: la Edad Antigua.

El modernismo de aquella época produjo un despegue espectacular en las ciencias y las artes y sobre todo, en algo a lo que entonces no se prestaba demasiada atención y que no era otra cosa que la incipiente tecnología.

En los laboratorios de los alquimistas, todos ellos empeñados en encontrar la piedra filosofal, el elixir de la eterna juventud o el agua milagrosa que todo lo convierte en oro, no se encontraron ninguna de las tres gracias milagreras, pero en cambio se hicieron numerosos descubrimientos en relación a metales, aleaciones, compuestos químicos y otras muchas cosas.

Uno de estos descubrimientos, o mejor dicho, experimentos con metales, fue el que llevaba a cabo un armenio afincado en Estambul, el cual dedicaba parte de su tiempo a trabajar en su laboratorio entre hornos y matraces, crisoles y escorias, en busca de un metal con unas características determinadas.

Era el año 1618, cuando este armenio, llamado Avedis, recibió el encargo de fabricar una especie de matraca, artilugio capaz de meter mucho ruido que el ejército otomano utilizaba para desalentar a los enemigos. Enfrascado en su trabajo andaba a la búsqueda de un metal adecuado que tuviera la suficiente sonoridad, mientras trataba, por descontado, de encontrar la fórmula para convertir las escorias de sus fundiciones en oro.

No encontró el oro, pero si que ensayó con una aleación de cobre, estaño y plata, que mezclados en las proporciones adecuadas y al añadía algún aditivo que nunca se ha revelado, produjeron un metal de color dorado pálido, cuya propiedad primeramente advertida era la sonoridad que presentaba ante su golpeo.

Perfeccionando el descubrimiento, Avedis comprendió que aquel metal que había descubierto, era muy apropiado para confeccionar los címbalos que se usaban en las orquestinas turcas, así como en el ejército para acompasar trompas, tubas y otros muchos instrumentos.

De inmediato se puso a la fabricación de platillos con su metal, fundiéndolo en láminas finas y dándole luego su forma cóncava a base de martilleo y calor.

El resultado fue espectacular y aquellos platillos sonaban con un timbre hasta aquel momento nunca conocido, tanto que el joven sultán Osman II, ordenó a Avedis que se trasladase al palacio de Topkapi para fabricar allí címbalos exclusivos para su guardia personal, los jenízaros.

Este sultán es también un caso curioso en la historia del Imperio Otomano, pues accedió al trono con catorce años, en 1617, como fruto de un golpe de estado valiéndose de la guardia jenízara contra su tío, el sultán Mustafá I, el cual era retrasado mental (discapacitado psíquico, diríamos ahora); pero él mismo fue asesinado en 1622, precisamente por otra conjura de los propios jenízaros, a los que Osman se había propuesto quitar el poder que venían detentando dentro del Imperio. Para conseguir su fin, cerró los cafetines en donde se reunían los mandos de aquella tropa de élite y en donde no hacían otra cosa que conspirar contra todo.

Eso y el traslado a la capital de fuerzas del ejército que él pudiera controlar, fue el origen de una revuelta palaciega en la que su propia guardia personal acabó estrangulándole con una cuerda de arco. Le sucedió Mustafá I, el sultán anteriormente depuesto.

Aquella muerte y el cambio de sultán fue proverbial para Avedis, pues un año más tarde, en 1623, se liberó del compromiso con el sultán y pudo abandonar el palacio, trasladándose a un suburbio de la capital llamado Psamatia, en donde se dedicó por entero a la fabricación de aquellos címbalos que tanta demanda tenían, creando una empresa con el nombre de “Zildjian” que en armenio significaba algo así como el hijo del vendedor de cimbales, nombre que le había atribuido el sultán asesinado, aunque quizás no sea demasiado precisa la traducción. Lo cierto es que aquella empresa empezó a prosperar, hasta el extremo de que alcanzó importantes proporciones, siempre con base en la excelente calidad del timbre sonoro de sus platillos, lo que hizo que muchos competidores se esforzasen en saber la composición de aquellos instrumentos.

Para completar el proceso de fabricación y timbrado del platillo, era evidente que otro ingrediente entraba a formar parte y eso lo sabían sus competidores, pues en varias ocasiones hubieron explosiones durante la fundición, algunas de las cuales produjeron daños importantes

Sabedor de que ese debería ser el secreto mejor guardado, sólo el primogénito de la familia y justo en el momento en el que se hacía cargo de la dirección de la empresa, recibía de su antecesor la fórmula que memorizaba y empleaba en la fundición, bajo las más estrictas medidas de seguridad.

A pesar de las muchas intentonas, nadie consiguió descubrir el secreto de la fabricación y lo que es más importante, por muchas pruebas que se realizan, tampoco se consigue ni siquiera imitar el sonido mágico de aquellos platillos.

Así fue pasando la empresa de padres a hijos durante quince generaciones, siempre con las mismas características de fabricación, en donde, con el tiempo, se introdujo la variante del platillo fundido directamente y más tarde con la aparición de las prensas hidráulicas, fabricados por embutición, dándoles la forma más adecuada al tipo de sonido que habían de emitir.

A principios del siglo XX Avedis Zildjian III, se separó de su hermano Kerope y emigró a los Estados Unidos, estableciéndose en Boston.

Kerope continuó en Estambul, fabricando y vendiendo sus platillos, mientras Avedis hizo lo propio integrándose en la mayor empresa de fabricación de instrumentos musicales, la Grestch.

Gracias a la extraordinaria aceptación que los platillos tuvieron en el mercado norteamericano, Avedis fue introduciéndole modificaciones y creando varios tipos, según se lo exigían los músicos de la época.

Con las dos Guerras Mundiales y la posterior militarización que el mundo experimenta, la proliferación de bandas de música afecta a la producción de los platillos y la empresa sufre un importante auge que continúa más tarde con las apariciones de infinidad de orquestas y sobre todo, de los grupos de música rock, beat, etc., en las que la batería juega un papel esencial.

Pero el impulso final se produce en 1964, cuando The Beatles actuaron en el más famoso show de la televisión norteamericana, el de Ed Sullivan, todo un mito en este tipo de programas. Hicieron dos apariciones, el 16 y el 23 de febrero e interpretaron cinco canciones en total, apareciendo el batería Ringo Starr tocando una batería con platillos Zildjian, como se observa en la fotografía que acompaña estas líneas y que muestra al batería y al famoso platillo.

Desde ese momento el crecimiento de la empresa es imparable y pocos años después, la Zildjian americana compra todas las empresas de su mismo nombre en Europa y monopoliza la producción de las diferentes clases de platillos que fabrica para todo el mundo.

 

Ringo Starr y los platillos Zildjian

 

Se abren empresas en Canadá y en diversas ciudades de los Estados Unidos y en la actualidad, además de los famosos platillos, se fabrican las baquetas, al gusto y medida de cada músico, y en la clase de madera que prefiera, o en otros materiales más modernos, como la fibra de carbono.

En 2002, murió Armand Zildjian, el último de los varones director de la empresa, que desde entonces está dirigida por sus hijas Craigie y Debie, las cuales han continuado en todo la tradición familiar, sólo que incorporando el elemento femenino, cosa impensable en otros tiempo y todavía lo es en el país de origen de la familia.

En los Estados Unidos, la firma Zildjian es considerada como propiamente americana, ignorando los trescientos años que había permanecido casi oculta en la permanentemente medieval Turquía, pero el hecho de llevar ya más de un siglo asentada en su territorio, le ha conferido carta de naturaleza.

En la actualidad la empresa tiene más de ciento setenta empleados y vende por encima de los cincuenta millones de dólares.

En una fotografía publicitaria de la empresa, se aprecia a una de las actuales directoras, junto a la estrella de sus productos y al fondo, un cartel anunciador en una retrospectiva con la que se quiere destacar, no ya la antigüedad de la empresa misma sino, por la vestimenta del hombre que aparece junto al cartel, la propia antigüedad en los Estados Unidos.

 

 

Craigie Zildjian, la actual directora

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