PEOR EL REMEDIO QUE LA ENFERMEDAD

A lo largo de toda la Historia ha habido prácticas médicas tan aberrantes y agresivas que dan escalofríos con solo nombrarlas.

:: JOSÉ MARÍA DEIRA. COMISARIO Y ESCRITOR

 

En el siglo segundo de nuestra Era vivió un sabio conocido como Galeno que revolucionó el concepto clásico de la medicina, consiguiendo que sus postulados permaneciesen inalterables por más de quince siglos.

Afortunadamente para todos, con el progreso que a partir de la Edad Media experimentó la ciencia médica, aquellos conceptos se fueron poco a poco desterrando hasta hacerlos desaparecer por completo, pero el mérito de su longeva vida nadie se lo discute.

Galeno nació en el año 130, en la ciudad de Pérgamo, actualmente situada en la Turquía asiática, pero que entonces pertenecía a Grecia. Hijo de una acaudalado terrateniente y arquitecto, se dedicó al estudio de muchas materias hasta que se centró en la medicina, disciplina que estudió en Esmirna, Corinto y Alejandría.

Acabados los estudios y a la edad de veintisiete años, regresó a Pérgamo para gestionar una fortuna considerable que le había legado su padre. Allí trabajó durante cuatro años, sobre todo atendiendo a los gladiadores que en las peleas circenses no acababan muertos, lo que le proporcionó una gran experiencia en heridas de todo tipo, a las que él llamaba ventanas del cuerpo. Posteriormente se trasladó a Roma en donde llegó a ser médico titular de la corte del emperador Marco Aurelio.

Escribió mucho sobre medicina, usando a varios escribanos a la vez y recogiendo en sus escritos las experiencias que iba adquiriendo. Como no estaba permitido diseccionar cadáveres humanos, utilizó perros, cerdos, e incluso monos, a los practicó vivisecciones, es decir, disecciones en vivo, con el fin de estudiar las funciones del hígado, los riñones, la médula y otros órganos. Muchas de sus obras se perdieron en un incendio ocurrido en 191, sin embargo, la principal de todas, el “Methodo Medendi”, traducida como Sobre el arte de la curación que ha estado vigente hasta el siglo XVIII, consiguió salvarse de las llamas.

Pero quizás la contribución más importante de este insigne médico para su época, fue el describir que el cuerpo está formado por humores que eran: sanguíneo, flemático, colérico y melancólico y que las enfermedades eran causadas por un desequilibrio de esos humores que, fundamentalmente, estaban representados por la sangre, la flema, la bilis amarilla y la bilis negra.

Resultado de esta creencia fue la imposición de una serie de prácticas médicas de por si tan aberrantes y agresivas que casi escalofrío da cuando las mencionamos. Sin lugar a dudas de ninguna clase, todos responderíamos que la más monstruosa de todas era la flebotomía, vulgarmente llamada sangría y consistente en abrir una vena con la ayuda de un instrumento puntiagudo y cortante llamado lanceta y desangrar al enfermo. Contra la creencia, esa práctica sólo servía para debilitar más al paciente y acercarlo a la muerte.

Otra forma de practicar la sangría era la de utilizar sanguijuelas, cuyo uso continuó muchos años después de que la sangría fuera proscrita de la praxis médica y fundamentalmente debido a ciertas propiedades terapéuticas de la saliva de tan asquerosos animalejos para tratar algunas afecciones, así como por la posibilidad de drenar lenta y de manera controlada, ciertas acumulaciones de sangre tras algunas intervenciones quirúrgicas.

Pero a pesar del dramatismo que pueda acarrear el desangrar a una persona, para supuestamente compensar el flujo de sus humores, había otra práctica mucho más agresiva que la sangría. Esta era cuando el humor descompensado, según el diagnóstico del médico era la bilis.

La acumulación de bilis era, para el medico, cirujano, sacamuelas, etc., causa inequívoca de estreñimiento, su persistencia era de gravísimas consecuencias y la solución pasaba por recetar al enfermo una purga frenética que le hacía efectos de poderoso laxante y vomitivo, con lo que el equilibrio de la bilis se restablecía.

La práctica de provocar diarreas ha llegado casi hasta nuestros días con productos más o menos agradables de tomar. Quienes lean estas líneas habiendo cumplido los sesenta años, sin lugar a dudas recordaran los purgantes de aceite de ricino, tan desagradables de tomar como efectivos en su cometido y cuya ingesta solía ir acompañada de alguna propina que endulzara la toma; la cara opuesta del ricino era la de un producto con sabor a chocolate que recibía el nombre farmacéutico de Laxen Busto.

 

 

 

Envase del famoso laxante

 Más o menos inocuo para la salud general, ambos productos conseguían sobradamente su propósito, pero no siempre fueron así los laxantes porque en otras épocas, las sustancias utilizadas para producir el efecto purgante contenían en su composición un producto tan altamente toxico como es el mercurio.

Durante la Revolución Americana se puso de moda un purgante llamado Calomel, eficacísimo contra el estreñimiento que actuaba causando múltiples sesiones de verdadera agonía, pero que a juicio de su inventor y de los médicos que lo usaron, era muy eficaz restableciendo el equilibrio de la bilis.

Su creador fue un médico, primer profesor de química de los Estados Unidos y uno de los padres de la Patria, llamado Benjamín Rush, el cual había obtenido un gran éxito tratando la epidemia de fiebre amarilla del año 1793. Las llamadas “píldoras biliosas” contenían cloruro de mercurio y las hacía ingerir a sus pacientes hasta que se les caían los dientes y el cabello, para terminar muriendo en terrible agonía.

Pero de forma inexplicable las píldoras tenían una gran aceptación en la comunidad médica y se fabricaban por diversos laboratorios, según la fórmula magistral que figura en la fotografía.

Tal fue la fama de aquellas píldoras que figuraban en el botiquín de supervivencia que los exploradores estadounidenses Lewis y Clark, llevaron en su larguísimo recorrido desde la Costa Este hasta la Oeste y vuelta, en una expedición que duró casi tres años, entre 1804 y 1806. Y tales fueron sus efectos que han permitido a los arqueólogos modernos localizar la mayoría de los campamentos en donde la expedición se detuvo, trazando un mapa de lo más exacto y basado en la presencia del mercurio depositado en las inmediaciones de los mismos, en los lugares utilizados como letrinas.

Afortunadamente hemos pasado de la teoría de los humores, aunque de las malas prácticas médicas no lo vamos a hacer tan rápidamente. Constantemente nos advierten que determinados productos que hasta ese momento se venían usando con total libertad, producen efectos perniciosos para la salud y de la misma manera, otros productos que no habían sido considerados como beneficiosos, resultan tener unas propiedades extraordinarias.

 

 

Prospecto de las píldoras mercuriales

Así, de pronto, supimos que el DDT que usábamos en todos los hogares para defendernos de la invasión de moscas y mosquitos que traía el verano, era un producto muy nocivo y se retiró del mercado, lo mismo que conservantes como el ácido bórico, usado en la pesca, o el nitrato de sodio empleado para tratar las carnes. La lista podría ser interminable y su supresión siempre razonable.

Un caso verdaderamente sangrante es el que ocurrió, durante la década de 1910, en la frontera entre Estados Unidos y Méjico. Allí, entre Ciudad Juarez y El Paso, miles de mejicanos, hombres y mujeres, empleadas en el servicio doméstico y en otros trabajos muy poco cualificados que los estadounidenses ya no querían hacer, cruzaban a diario entre y para prevenir la transmisión del tifus, eran despiojados como si de animales se tratara.

Para realizar esta labor, desnudaban a hombres y mujeres y literalmente los rociaban con gasolina, hasta desprender a los bichitos, pero produciendo unas ulceraciones y lesiones que a veces resultaban extremadamente graves. Un día, una de las asistentas que cruzaba la frontera para servir en casa de los yankees, llamada Carmelita Torres, se amotinó junto con un grupo de unas doscientas mujeres, negándose a ser tratadas de aquella manera. Se fueron agregando más y más mejicanos, hasta que al final fueron tantos que el hecho exigió la intervención del ejército.

Aquellas personas consiguieron que se dejase de utilizar la gasolina, como método desparasitador, aunque no sabemos si la solución no fue peor, porque a partir de entonces y gracias a que las autoridades sanitarias del país se opusieron a la petición del alcalde de la ciudad de El Paso que solicitaba la aplicación de cuarentena a los mejicanos, para comprobar que estaban libre de fiebre tifoidea, empezaron a usar un procedimiento de fumigación que ha durado varias décadas y para lo que se utilizaba un producto en forma de polvo llamado Zyklon B, un compuesto a base de ácido cianhídrico, absolutamente letal y el mismo que en un primer momento, empezaron a usar los nazis para el mismo fin de despiojar en sus fronteras, pero que terminó siendo usado para el exterminio de judíos en las cámaras de gas de los campos de concentración.

CHALECO, LA FRAILA Y LA GALANA

Tras el alzamiento de Madrid en 1808, pueblos como Valdepeñas se levantaron contra las tropas francesas dejando varios héroes para la historia.

:: JOSÉ MARÍA DEIRA, COMISARIO Y ESCRITOR

 

Mañana vamos a celebrar el bicentenario de la Constitución de Cádiz que significa un hito histórico, no ya por la Constitución en sí misma, sino por todas las circunstancias concurrentes cuando se gestó.

No es cuestión de hacer un recordatorio histórico, pero lo cierto es que la totalidad del territorio hispano se hallaba bajo el control del ejército francés que mantenía el cerco de San Fernando y Cádiz. Pero para que los ejércitos de Napoleón llegasen hasta aquí, hubieron de cruzar toda la Península, en un viaje que comenzó tras el alzamiento de Madrid, el dos de mayo de 1808.

Después de aquella jornada, gloriosa y sangrienta, muchas ciudades españolas siguieron el ejemplo de la capital y se enfrentaron al poderoso ejército invasor. El resultado final fue la masacre de muchos pueblos, la pérdida de miles de vidas humanas, de cosechas, de ganados, de casas, iglesias y castillos, pero con la enorme ganancia del orgullo de haber doblegado al ejército más poderoso del mundo.

Una cosa así sucedió en un pueblo manchego llamado Valdepeñas en donde el seis de junio de 1808, encendidos por las prédicas de un sacerdote llamado popularmente “El Cura Calao”, los vecinos, constituidos en una especie de junta de defensa, se opusieron a que el ejército francés, al mando del general Ligier-Belair, cruzara por el centro de la ciudad, por donde pasaba el Camino Real de Andalucía.

Ya otras ciudades como Santa Cruz de Mudela se habían enfrentado al ejército invasor en su paso hacia Andalucía, en donde el general Dupont estaba reuniendo un fuerte contingente militar para someter la parte sur de la Península.

El día seis de junio se produce la acción de Valdepeñas en donde pierden la vida centenares de franceses que son obligados una y otra vez a retirarse, sin poder cruzar la ciudad. Tras una jornada de sangrientos enfrentamientos en donde hombres y mujeres tomaron las armas que tenían a mano contra el ejército invasor, el general Ligier-Belair parlamentó con los representantes del pueblo y se suspendieron las hostilidades no sin antes haber incendiado gran parte de la ciudad y fusilado a todo vecino que pretendía salir de Valdepeñas.

Todo el pueblo se comportó heroicamente pero los tres personajes que componen este título lo hicieron de manera especial.

Empezando por una de las damas, una persona desconocida cuya vida fue tan discreta, que a día de hoy se desconocen sus verdaderos datos y solamente como La Fraila, se ha mantenido en el recuerdo y eso gracias a su acción. Era la mujer de un santero que se ocupaba del mantenimiento de la Ermita de Nuestra Señora de Consolación, situada en una pedanía de Valdepeñas. Al enviudar y con un hijo de corta edad llamado Juan Ramón, quedó al cuidado de la ermita. Fue ella quien aquel fatídico seis de junio dio aviso en el pueblo de que las tropas francesas se acercaban, decidiendo el párroco, trasladar la imagen de la Virgen hasta la iglesia parroquial, para estar más protegida. Pero su hazaña, por la que es recordada, ocurrió tres años después, en 1811, cuando su hijo, enrolado en la guerrilla, pereció en un enfrentamiento con los franceses que subían hacia Madrid. Quiso la fortuna que a los pocos días un pelotón de soldados franceses se presentasen en la ermita, en donde decidieron pernoctar. Después de darles de comer y beber cuanto pudieron, se echaron a dormir; mientras, la Fraila atrancó puertas y ventanas y usando la pólvora que los soldados transportaban, hizo explotar la iglesia, pereciendo todos e inmolándose ella misma.

La Galana se llamaba Juana María. Era la mayor de siete hermanos y sus padres regentaban una fonda y mesón a la entrada del pueblo, en donde se hospedaban muchos de los viajeros que marchaban de Madrid a Andalucía y al revés. Por esa razón, la familia Galán poseía una información privilegiada que los colocaba en muy buena posición dentro del vecindario de Valdepeñas. Juana había nacido el veinticinco de octubre de 1787. Tenía pues veinte años el día que su pueblo decidió impedir el paso de los franceses. Con una porra, salió a la puerta de su casa, en el Pasaje de San Marcos y se puso a la terrorífica tarea de rematar a todos los soldados franceses heridos en el enfrentamiento. Luego, cuando el ataque francés arreció, junto con otras mujeres se dedicó a preparar calderos de agua y aceite hirviendo que, desde las ventanas de las casas, arrojaban a los soldados del ejército invasor.

 

 

Contienda de Valdepeñas

 

Se tienen noticias, sin comprobar, que aquel episodio la trastocó de tal manera que perdió la cordura, razón por la que pudiera haber sido ignorada en la relación de mujeres condecoradas, o simplemente reconocidas como heroínas nacionales.

Se casó el mismo día que en San Fernando se iniciaba el periodo constituyente, el veinticuatro de septiembre de 1810 y falleció al dar a luz a su segunda hija y a la edad de veinticuatro años.

El tercer personaje es de mucho más calado militar y social, pero no por eso más destacado. Conocido por el sobrenombre de “Chaleco”, Francisco Abad Moreno, nació en Valdepeñas en abril de 1788, en el número 64 de la calle Ancha.

El seis de junio, junto con sus convecinos, se enfrentó a los franceses y en la refriega murieron su madre y un hermano, lo que llenó de ira al joven Francisco. Acabada aquella escaramuza, decidió que su vida, mientras le quedara un poco de fuerza, sería para combatir a los franceses y así se unió a una guerrilla que mandaba José Villalobos.

Dos años después, junto con dos paisanos llamados Juan Vacas y Juan Toledo, formó su propia partida en la que muy pronto hubo hasta cuatrocientos jinetes.

Con aquel pequeño ejército, se dedicó a hostigar a las tropas francesas, atacando sobre todo a los correos y los convoyes de aprovisionamiento.

Tanta fue su actividad y tan vasto el territorio en el que se desenvolvía que las comunicaciones entre Andalucía y el centro de la Península se vieron seriamente afectadas y no había partida de franceses que pudiera pasar por allí libremente.

Adquirió tal popularidad que la Junta de La Mancha le confiere el grado militar de Capitán el día trece de junio de 1810. Un año después, un Real Decreto de la Junta Manchega lo asciende al grado de Teniente Coronel de Caballería y él bautiza su guerrilla como los Húsares Francos de la Mancha.

En agosto de aquel mismo año, unió su tropa a la del coronel José Martínez, Comandante militar de La Mancha que tenía un ejército de unos seiscientos hombres entre caballería e infantería y todos juntos atacaron al regimiento francés del General Von Kruse que se encontraba en Villarrobledo, ya en la provincia de Albacete y al que infligieron una durísima derrota, produciéndole más de doscientos muertos, además de muchos heridos y prisioneros y, sobre todo, muchísimo material de avituallamientos y víveres incautado.

 

Grabado de Francisco Abad “Chaleco”

 

En los pocos años que duró la guerra contra los franceses, la partida de “Chaleco”, convertida ya en casi un cuerpo regular de ejército, había participado en más de ochenta acciones de guerra, producido mil trescientas cincuenta bajas, infinidad de heridos y prisioneros, muchos correos con informaciones importantes interceptados y gran cantidad de armamento, caballería y suministros arrebatados al enemigo. Ante semejante currículo, el general Castaños, héroe de la batalla de Bailén, por medio de real despacho, lo promovió al grado de Coronel de Caballería en veintisiete de septiembre de 1812.

Pero lo más singular de este aguerrido personaje es que tras el regreso de Fernando VII, primero llamado El Deseado y luego el Rey Felón, se ordenó que todas las partidas guerrilleras fueran disueltas y que las zonas fuesen recuperando su vida normal. El coronel Abad solicitó que el reconocido como Cuerpo de Húsares Francos, pudiese continuar en el servicio de armas y tras un laborioso trámite, le fue concedido.

Se encuentra en Madrid en 1820, cuando se inicia el Trienio Liberal, a cuyo movimiento se adhiere y tras algunas vicisitudes, en las que estuvo a punto de ser ajusticiado, le nombran Comandante General de La Mancha.

Al caer el Gobierno Constitucional, fue uno de los últimos jefes militares en capitular y a continuación fue detenido y conducido a la cárcel de Valdepeñas, donde permaneció casi un año durante el cual le fue ofrecida la fuga en varias ocasiones, negándose en rotundo a hacer semejante acto de cobardía. Fue luego conducido a la cárcel de Granada donde un  tribunal lo juzgó y condenó a muerte por ahorcamiento. Para evitarle sufrimientos le ofrecieron un veneno que no quiso tomar y se enfrentó a la horca el veintiuno de septiembre de 1827, finalizando sus días a la edad de treinta y nueve años.

Se había casado dos veces y dejó cinco hijas. Nunca perdonó al rey la traición al pueblo español que había dado su sangre para que volviera a España.

Como muchos otros héroes anónimos, “Chaleco” es un personaje que merece la luz.

SUBH, LA VASCONA

Se llamaba Aurora y cuentan de ella que jugó un papel fundamental en el califato de Córdoba, eclipsado por las figuras de Almanzor y Abderramán III.

 

:: JOSÉ MARÍA DEIRA. COMISARIO Y ESCRITOR

Hace poco escribí sobre el caudillo andalusí Almanzor y la batalla de Calatañazor. Hoy lo haré sobre un personaje coetáneo a quien la historia no ha tratado con demasiado cariño: La Vascona.

Se llamaba Aurora en su entorno de nacimiento, pero las circunstancias le hicieron cambiar el nombre cristiano por el árabe Subh umm Wallad (Aurora, madre del Infante) y era una esclava, al parecer de origen vasco, o navarro, con cuyo nombre traducido al árabe, fue conocida en el harem en el que ingresó cuando fue regalada al príncipe heredero del califato de Córdoba, Al-Hakem, el califa bibliotecario.

Éste, era hijo primogénito del primer y más grande califa de Al-Andalus, Abderramán III, el cual se había desprendido totalmente del yugo que le unía con los califas de Bagdad, la capital del imperio musulmán, proclamándose totalmente independiente, después de haber pasado por una etapa en la que Al-Andalus se había convertido en Emirato, dependiente de Bagdad.

En el año 961 murió el viejo califa y le sucedió su hijo que en ese momento tenía cuarenta y seis años.

Según cuentan las crónicas Al-Hakem estaba casado con una mujer bellísima, llamada Radhia y con la que no había conseguido tener descendencia.

Es más que posible que esa falta de heredero fuese por desinterés del príncipe que pasaba su vida dedicado al estudio y a la creación de la que quería que fuera la biblioteca más importante del Islam; por otra parte, el príncipe era demasiado aficionado a los efebos, práctica muy habitual en la época y posiblemente imbuida por su padre que para preservarle de toda influencia perniciosa que lo pudiese alejar de la férrea educación que le impartía, lo tuvo encerrado en el palacio, sin mas contacto que los libros y los eunucos.

La concubina vascona era una mujer inteligente y bella, cantaba con voz dulce y recitaba poesías, lo que hace suponer que recibió una esmerada educación en todos los campos y que se crió ya islamizada, pues es difícil adquirir dominio de la lengua árabe si no se usa desde muy joven. Sus aspiraciones dentro del harem llegaban mucho más allá de ser una más de las muchas mujeres que no importaban demasiado al califa y se propuso interesarlo con los gustos que a él le atraían. Así, siguiendo la moda impuesta en Bagdad por las mujeres de la alta sociedad, solía vestir con prendas de hombre, adoptando la figura y modales de un efebo y haciéndose llamar por el nombre masculino de Ya’far.

Esa forma de comportarse atrajo al califa que la convirtió en su favorita y más aún, en su preferida y primera dama del califato cuando, en 962, le dio un hijo varón, con el que asegurar la sucesión al trono. Poco tiempo después, en 965, Subh volvió a proporcionar otro vástago a la dinastía Omeya.

El primero de los hijos, llamado Abderramán, murió a los ocho años de edad, pero el segundo, Hisham, era un chico fuerte y saludable.

En esa época, el califato de Córdoba alcanzó su mayor esplendor, tanto en poderío militar, como en el aspecto cultural y el califa se reveló como un gran estadista, a la vez que un apasionado de la cultura.

Quizás por eso, dejó en manos de sus más cercanos servidores, demasiadas tareas de gobierno, propiciando la fulgurante ascensión de personajes como Almanzor, o su propio visir que se convirtió en el verdadero califa.

El futuro caudillo árabe, Almanzor, entró en la casa califal como preceptor y administrador del príncipe Abderramán y a la muerte de éste, continuó en la misma labor, ahora con el príncipe Hisham.

Gozaba de la amistad de la favorita del califa, la “sultana Subh”, como la denomina el historiador Reinhart Dozy, experto arabista que ha estudiado muy a fondo la figura histórica de esta mujer, y quizás gozara con algo más, pues aunque no está documentado, todo hace parecer que durante años fueron amantes.

Es evidente que las tendencias sexuales del califa eran poco apropiadas, incluso en aquella época, pues hasta el momento de su muerte se produce en brazos de dos eunucos, Fagil y Djahad, sus preferidos, el día uno de octubre de 976, cuando lo normal es que hubiese fallecido rodeado de su favorita, su hijo y heredero del trono y sus otras esposas. Sobre todo porque su muerte, aun cuando repentina, era largamente esperada, tras haber sufrido una enfermedad coronaria, posiblemente una angina de pecho. Otras fuentes señalan que padeció un ataque de hemiplejía, del que nunca se superó. De cualquier forma, su enfermedad lo tenía postrado y muy delicado de salud.

Cuanta la tradición que la noche del treinta de septiembre un meteoro incandescente, como una bola de fuego, apareció en los cielos de Córdoba y esa misma noche murió el Califa.

Pero a la Vascona ya no le preocupaba el futuro. Se había rodeado de gente poderosa con la que se consideraba capaz de afrontar cualquier situación.

Como en ese momento su hijo, el heredero Hisham, tenía solamente once años, se produjo una corriente de personajes cercanos a la dinastía Omeya que propugnaban que el trono debería de ser para Al-Mughira, el último de los hijos de Abderramán III, hermano del califa fallecido, persona muy querida en la corte y en muy buena disposición para ocupar el califato, tanto por su edad como por su preparación militar y política.

El entierro del califa constituye un gran acontecimiento en la corte. Al sepelio acuden todas las personas importantes del califato y aún con el cuerpo sin sepultar, ya se palpa en el ambiente la tensión que generan las dos facciones que se han formado: por un lado los que opinan que la excesiva juventud del califa le impedirá desempeñar sus funciones con la serenidad que se requiere y que, por tanto, el poder estará en manos de otras personas; por el otro están la favorita Subh y sus cómplices que quieren conservar el poder para ellos.

Los primeros son gente muy importante y poderosa y en sus manos están algunos estamentos del califato como el militar y el religioso y para demostrar su poder, impiden al joven Hisham que dirija los rezos por su padre, como era costumbre.

Rápidamente se pusieron en marcha la Vascona, su amante, Almanzor y el visir Yafar Al-Mushafi.

Aquel intento de torcer la voluntad del califa fallecido era intolerable, más aún cuando a ellos tres la situación no podría beneficiar en absoluto. Así, con un pequeño ejército, Almanzor rodeó la residencia de Al-Mughira procediendo luego al asalto y aunque éste renunció a sus derechos sucesorios y juró lealtad a su sobrino, fue estrangulado por el propio Almanzor.

Entronizado el heredero, gobernó con el nombre de Hisham II; ocupó el califato, pero jamás fue soberano en una de las cortes más poderosa del mundo.

El califato vivía sus años de máximo esplendor y en él gobernaban Subh, la Vascona, su supuesto amante, el caudillo Almanzor y el poderoso visir Al-Mushafi.

El califa vivía rodeado de lujos en una jaula de oro, mientras su madre creía que gobernaba por él.

Pero hasta Subh se dio cuenta de la ambición de su amante, llegando el momento de no saber si era aquél su fiel servidor, o por el contrario era ella la que servía a los deseos del caudillo.

Quiso sacar a su hijo del confinamiento en que se encontraba y convertirlo en verdadero califa, pero ya era tarde. De todas formas, la princesa Subh no escatimó esfuerzos y llegó hasta el virrey del Magreb Ziri Ben Atiya, deudo del califa de Córdoba, con el que estableció una alianza para derrocar a Almanzor y convertir a su hijo en verdadero califa, pero Almanzor envió a sus ejércitos al mando de su hijo que derrotó al insurgente, el cual se perdió para siempre por el desierto africano.

 

Estatua del caudillo Almanzor

 

Ante esta nueva situación, la princesa Subh perdió el poco poder que le quedaba, muriendo unos años más tarde, aunque no existe constancia fidedigna de la fecha exacta.

El caudillo Almanzor no le permitió que volviera a tener ningún papel en las decisiones del califato.

Cuentan de ella los historiadores y cronistas de la época que fue una mujer de gran entereza y que jugó un papel fundamental en el califato de Córdoba, pero que tuvo la poca fortuna de vivir entre dos personajes de tanto relieve que marcaron el techo del esplendor andalusí: Abderramán III y Almanzor.

De ella dice Menéndez Pidal: «ejerce una supremacía pacífica sobre toda España y garantiza la tranquilidad general que entonces reinó en la península».

Su hijo, el califa Hissam II, gobernó hasta 1009 en que fue depuesto por los herederos de Almanzor. Repuesto al año siguiente, gobernó hasta 1013 en el que murió, posiblemente envenenado.

AL SERVICIO DE SU MAJESTAD

:: JOSÉ MARÍA DEIRA. COMISARIO Y ESCRITOR.

A las órdenes de Isabel I trabajó John Dee que entre otras labores actuó de espía para la reina, a la que enviaba informes firmados con las cifras 007.

 

Recuerdo con verdadera satisfacción la primera película del agente secreto Jemes Bond que vimos. Era mediada la década de los sesenta y a las pantallas españolas, todavía sin la apertura que se produciría diez años más tarde, llegó aquella maravillosa aventura del Agente 007 contra el doctor No, con una Úrsula Andress luciendo un bikini inusual en la época y un Sean Conery en el papel más seductor que el cine había dado. Luego la saga continuó con numerosos títulos a los que nos convertimos en adictos.

Todo nos pareció de tremenda originalidad: el servicio secreto, la licencia para matar, las novedades tecnológicas y, en fin, la capacidad de ligar del protagonista en cuyos brazos caían rendidas las mujeres más hermosas de cuantas habíamos visto en la pantalla.

No cabía la menor duda de que el escritor de aquellas historias, el londinense Ian Fleming, era un escritor de una gran originalidad. Aquella saga y otras historias, también llevadas al cine, le dieron fama mundial y, lástima que su vida fuese tan corta, porque al empezar a disfrutar de las mieles del triunfo, falleció, cuando apenas contaba cincuenta y seis años. Pero había dejado escritas muchas novelas y relatos del agente secreto más famoso de todos los tiempos y la filmografía los fue usando progresivamente.

El agente secreto al servicio de su Majestad continuó vivo y aún lo está, pues a sus muchas aventuras se han de sumar las películas biográficas de su autor, como la afamada Goldeneye, sobre la vida del escritor y la creación de su personaje.

Pero hablando de la creación de este héroe: ¿realmente Ian Fleming creó al agente 007? Todos diríamos que sí; que no hay lugar a dudas de que Bond es una invención del escritor y un personaje de ficción. Acertamos con James Bond, pero no con el agente 007.

Hubo un agente británico que se bautizó a sí mismo con el nombre en clave 007 y esto carecería de importancia si ese personaje no fuese quien realmente es. Contaré su historia.

El 13 de julio de 1527 nació en Mortlake, Inglaterra, un niño al que sus padres pusieron por nombre John, el apellido paterno era Dee. Desde muy temprana infancia, sus progenitores advirtieron que aquel niño no era nada normal. Se trataba, indudablemente de un chico superdotado que, muy pronto, comenzó a estudiar astronomía, matemáticas, geografía, y muchas otras ramas de las ciencias, en las que rápidamente destacó. Más adelante, se inclinó por la alquimia, madre de la química moderna y se enredó en el hermetismo, la astrología y la adivinación.

Era una persona de una gran cultura y antes de cumplir los treinta años daba conferencias en las más importantes universidades europeas, en donde gozaba de fama de experto astrónomo y extraordinario formador de navegantes, pues durante algún tiempo se dedicó a enseñar el arte de la navegación, alcanzando tal prestigio que a sus aulas acudían multitud de jóvenes a los que formaba con amplios conocimientos de astronomía y matemáticas, indispensables en la época para poder situarse en el mar, así como en el manejo de velas y aparejos para sacar el mayor provecho a los vientos. Su influencia en las promociones de navegantes fue tal que ha sido reconocido como el verdadero artífice de la parte que el factor humano tuvo en el poderío naval británico.

Tanto alcanzó su fama que la princesa Isabel I, hija de Enrique VIII y de la ajusticiada Ana Bolena, lo tomó como consejero y junto a ella permaneció durante mucho tiempo, hasta que por azares de la vida, la princesa se convirtió en reina y pasó a ser conocida como La Reina Virgen, pues nunca quiso contraer matrimonio. Fue la última reina de la poderosa casa Tudor, porque al morir sin descendencia, le sucedió Jacobo VI, de Escocia, instalando en el trono de Inglaterra a la casa Estuardo.

 

 

Retrato de John Dee

 

Para Isabel y para María, hermana de Enrique VIII que reinaría como María I, confeccionaba horóscopos, actividad que no solamente estaba prohibida, sino condenada a durísimas penas.

Fue denunciado por esta actividad y se vio inmerso en un proceso en el que solamente su extraordinaria inteligencia fue capaz de salvarle, llegando a hacerse amigo íntimo del obispo católico Bonner, a cuya autoridad fue entregado para que éste hiciese un estudio sobre los graves delitos que se le imputaban

Bajo el consejo de John Dee, Inglaterra inició las campañas de exploración por diferentes océanos y continentes y fue realmente el impulsor y el creador del término Imperio Británico.

No se sabe a ciencia cierta si fue por una predicción suya o si fue fruto de informaciones que tenía, aconsejó que la flota británica no saliera al encuentro de la Armada Invencible que Felipe II envió para escarmentar a los orgullosos ingleses, e incluso hizo vaticinios sobre la posibilidad de que se produjera una fuerte tormenta a la que se enfrentó la flota española y causó su destrucción.

Ese hecho, ocurrido en 1588, acrecentó su fama y su poder hasta extremos insospechados y desde entonces fue para la reina su más directo asesor e incluso su secretario en asuntos de estado.

En esta condición, viajó por toda Europa presentándose como embajador de la reina, pero en realidad actuaba como un espía al servicio de su majestad y en esta faceta, enviaba informes que firmaba con un número, con el que se identificaba: 007.

Los dos ceros representaban unos anteojos y con eso quería decir que él, en realidad, era los ojos de la reina, el siete es un número cabalístico, al que Dee se aficionó en demasía.

Porque de ser todo un personaje en la corte, tener gran ascendencia sobre la reina que no hacía nada sin consultarle previamente, Dee pasó a una etapa en la que, después de contraer matrimonio, se dedicó de manera enfermiza a la astrología, la alquimia y lo que es peor, a contactar con espíritus del más allá. Su obsesión era la filosofía hermética, la búsqueda de lo que él llamaba las verdades puras. Y los libros.

Tan obsesionado estaba con la adquisición de libros que al proponer a la reina la creación de una gran biblioteca y la soberana declinar la oferta, se dedicó a coleccionar libros en su propia casa en Mortlake, llegando a convertirse en la más importante biblioteca de toda Inglaterra.

Su obsesión eran los manuscritos, los códices y el esoterismo, en donde profundizó hasta tal punto que es más que probable que trastocase su razón.

Escribió en 1564 un libro esotérico titulado “La Mónada Jeroglífica”, sobre un glifo de su propia invención. Un glifo es un dibujo o un carácter de los empleados en tipografía y que según un programa de la BBC muy reciente, toda la simbología del agente Bond 007, sus códigos y gran parte de la parafernalia que lo recubre, derivan precisamente de ese glifo ideado por Dee.

El libro estaba escrito en un lenguaje “enoquiano”, lengua que según Dee había recibido de los ángeles y que deriva de Enoch, patriarca bíblico bisabuelo de Noé que según las Escrituras no murió, sino que al igual que Elías, fue transportado a los cielos y que fue el autor del famoso Libro de Enoch, un libro que la Iglesia Católica no considera perteneciente al Testamento, pero que en las iglesias ortodoxa y copta, es totalmente aceptado.

Pero este hombre, de una inteligencia brillantísima, comienza a mostrar un carácter por momentos más inestable, lo que se acentúa cuando conoce a un farsante llamado Kelly que se hace pasar por médium, con el que llega a unirle una tremenda amistad y por su relación comienza a crearse enemigos en todos los órdenes.

Empieza a ser mal visto en los foros universitarios, donde hasta entonces se le ha tenido en gran consideración y su actividad realmente científica es abandonada en la búsqueda de ese contacto permanente con lo que él llama “los ángeles”.

 

Dibujo sobre el que versa el libro y espejo expuesto en el British Museum

 

En la vida de este extraño personaje hay una fecha que marcó su trayectoria, fue el 25 de mayo de 1581. Ese día el científico tuvo un incidente que yo no me atrevería a calificar, en el que entró en contacto con “los ángeles”, los cuales le entregaron un espejo cóncavo, fabricado en ónice de color negro y extraordinariamente pulido, en el cual se podía ver lo que ocurría en otros mundos.

Curiosamente ese objeto, junto con alguno otro personal del sabio, está expuesto en el British Museum de Londres.

Desconozco si alguien ha visto en ese espejo los otros mundos que Dee decía, pero me extraña, aunque no estoy en disposición de negarlo todo y eso me hace pensar que igual que Enoch y Elías vivieron una experiencia que se describe en la Biblia y que en lenguaje de hoy se diría que fue una abdución por alguna inteligencia incomprensible para nosotros, Dee también entró en contacto con algo que no supo explicar y a los que llamó “ángeles”.

LA BULA DE DEPOSICION

El pontífice Julio II excomulga a los reyes de Navarra y deja su reino en manos de aquellos que lo conquistaron, así Fernando de Aragón y Germana de Foix se convirtieron en los nuevos monarcas.

:: JOSÉ MARÍA DEIRA. COMISARIO Y ESCRITOR

Mirar por encima un libro, pasar sus páginas leyendo al azar, es ojear, pero también es hojear, una bifurcación que nos exime de cometer una falta de ortografía, pues lo escribamos con “h” o sin ella, habremos acertado.

Pues bien, hojeando u ojeando un libro de historia de preuniversitario, me encontré una cita del pontífice Julio II, de 18 de febrero del año 1513 que por medio de la bula Exigit contumacium, depuso a los reyes de Navarra, Catalina de Foix y su esposo Juan de Albret, por haberse aliado con Luís XII de Francia y sometido a las decisiones del concilio de Pisa, aquel que había pretendido solucionar el Cisma de Occidente, en el que hubo dos Papas y lo que hizo fue crear un tercer pontífice y agravar la situación.

La cita es larga, pero en resumen viene a decir que el Papa, igual que muchos otros lo hicieron antes, por la autoridad apostólica y con plenitud de potestad, declara a los reyes navarros, excomulgados, malditos, culpables de favorecer a cismáticos y herejes, reos de eterno suplicio, desposeídos de la dignidad real y puestos a pública disposición sus bienes, señoríos y reinos y que los que de ellos se apoderasen, como adquiridos en la más justa y santa guerra, los conviertan en propios.

Y se quedó tan tranquilo, porque aparte de su infalibilidad, tras aquella bula latían muchas otras cuestiones.

En primer lugar, terminada la Reconquista, en la Península Ibérica coexisten cuatro coronas: Castilla, la más poderosa, que comprende León, Galicia, la cornisa cantábrica, Extremadura y Andalucía; la de Aragón, que comprende Cataluña, Baleares y reino de Valencia, hasta Murcia; la de Portugal y la de Navarra.

En la España unificada reinaba Fernando II como rey de Aragón y regente de Castilla. Viudo de la reina Isabel, la Católica, se había casado en segundas nupcias con Germana de Foix, que era treinta y cinco años más joven y con la que se empeñó de tal manera en tener descendencia que a pesar de su edad, para la época, llegó a tener un hijo, nacido el 3 de mayo de 1509, al que pusieron por nombre Juan y que se convirtió en heredero legítimo de la corona de Aragón. Afortunadamente para España, murió a las pocas horas de nacer, pues hubiese supuesto la separación de los reinos de Castilla y Aragón al ser único hijo varón y quien sabe qué habría pasado luego con el príncipe Carlos, hijo de Juana La Local y Felipe el Hermoso, que es quien hereda la corona de España.

Germana de Foix  era prima de Catalina, la reina de Navarra y sería su heredera si moría sin descendencia o si, como era el caso, era desposeída de su reino, pues el matrimonio ya tenía un hijo, Felipe, al que pretendían casar con una hija del rey francés y que era el foco de la polémica. Por su parte, Fernando también está emparentado con la corona de Navarra.

Así que, antes de promulgarse la bula, Fernando hace dos cosas: la primera es mandar a su militar más prestigioso, Fadrique de Toledo, más conocido como II Duque de Alba a que, con sus tropas, invada el reino de Navarra. Luego, se las arregla con el Papa, al que vende su sincera catolicidad, su alianza perpetua y su adhesión inquebrantable, frente a la política errática de los reyes navarros, su apoyo a los cismáticos y su alianza con Francia, en ese momento enemiga del pontificado.

Y el Papa, sin que le tiemble el pulso, lanza una bula por la que depone a los legítimos reyes navarros y declara que sus pertenencias serán de aquel que se las apropie.

Evidentemente quien estaba en mejor situación para la apropiación era el matrimonio real de Fernando y Germana, que se proclaman reyes de Navarra, cuando los verdaderos monarcas huyen a Bearn, una provincia francesa al otro lado de los Pirineos, de la que Catalina era vizcondesa.

Desde allí tratan en varias ocasiones de reconquistar Navarra, pero es como la lucha de un pececillo contra un tiburón y así, el 23 de marzo de 1513, algo más de un mes después de promulgada la bula, las cortes de Navarra, ciertamente que en minoría, proclaman rey a Fernando de Aragón. Se avienen a formar parte de la corona de Aragón, a cambio de conservar sus fueros y privilegios, a lo que el monarca accede encantado sin imaginarse que cinco siglos más tarde, aquel antiguo reino seguirá conservando aquellos fueros.

Dos años después, las Cortes de Burgos sancionan la anexión y por fin se consigue el sueño de aquel matrimonio real que era el de reinar en toda España y esa es la manera en que se unifican todos los reinos de la península, excluido Portugal, naturalmente.

En ese momento España aparece como había sido antes de la invasión musulmana de 711, con una salvedad añadida y es que con los visigodos en el poder, no había fisura alguna en la unidad del suelo patrio y ahora, en donde cada región ha medrado por su cuenta, se ha creado una amalgama de reinos que aunque terminarán bajo la misma corona, en tiempos de Felipe II, nunca será con la misma cohesión que hasta aquella fecha de la invasión había sido.

                                

Germana de Foix y Fernando de Aragón

 En el año 1516 muere Fernando de Aragón, tenía sesenta y cuatro años, edad muy avanzada para aquella época pero a pesar de eso, seguía intentando tener descendencia. Tanto es así que en la corte corren rumores acerca de la muerte del rey, según los cuales había fallecido después de dos años de dolorosa enfermedad por tomar abusivamente unas hierbas mágicas con poder vigorizante que algún curandero, parece que musulmán, le preparaba con la intención de obtener descendencia con Germana.

A la reina consorte la había dejado bien situada, pero ni mucho menos a la altura que como reina le correspondió. Por eso dejó una carta a su nieto, el príncipe Carlos, que le sucedería en el trono y en la que le pedía que se ocupase de su abuelastra.

Y Carlos, que tenía en ese momento diecisiete años, se ocupó tanto de su abuela que tras la primera entrevista, ocurrida en Valladolid, iniciaron un tórrido romance, fruto del cual nació una niña a la que pusieron de nombre Isabel y que nunca fue reconocida, si bien se crió en la corte. Luego del parto, Germana y el Emperador se fueron distanciando y en 1519, se dispuso su casamiento con el Marqués de Brandeburgo, uno de los nobles del séquito alemán que acompañó al futuro emperador en su primer viaje a España.

Julio II, el Papa de la bula, es todo un personaje en la historia de la iglesia. Fue de los pontífices que declaraban abiertamente que más se conseguía por las armas que de ninguna otra forma y en la Iglesia se le conoce por el Papa guerrero.

Como era costumbre en la época, Guiuliano della Rovere, que era su verdadero nombre, tuvo varios hijos, aunque solamente su hija Felice, nacida en 1483, alcanzó la mayoría de edad.

La Iglesia lo considera uno de los grandes del papado, porque recuperó el poder civil y militar que el Vaticano había perdido, para lo que creó la famosa Guardia Suiza, que desde entonces lleva en su banderola el escudo de su fundador, junto con el del papa reinante.

Pero a pesar de su conceptuación y de su dudosa moralidad, quería contar de él una circunstancia quizás anecdótica, pero no por ello desprovista de interés.

Era costumbre en el pontificado que al recién elegido papa, los cardenales le besasen los pies, en una ceremonia conmemorativa de aquella en que la Magdalena enjuga los pies de Jesús y los seca con sus cabellos.

Pues bien, este papa prohibió ese rito porque desde hacía muchos años padecía una sífilis que le había producido unas terribles úlceras en los pies que su médico de cabecera, Giovanni de Vigo, describe como: “una podagra tuberosa e ulcerata” que trataba con un emplasto de mercurio y que, desde luego, no sanaba.

Pero no todo fue guerrear en este papa, porque también, como otros muchos del Renacimiento fue un gran impulsor del arte y Rafael o Miguel Ángel, figuraron entre sus protegidos. Fue el responsable de la decoración de la bóveda de la Capilla Sixtina, constructor de la Basílica de San Pedro y promotor del Museo Vaticano.

La siguiente Bula de Deposición fue en 1567, promulgada por Pío V y denominada Salutatis Gregis Dominici, por la que se prohibían las corridas de toros.

Solamente en Italia fue obedecida; en Francia, España, Méjico y Portugal, hicieron caso omiso.

Está claro que las bulas papales se cumplían cuando interesaban.

LA RUTA DE INDIAS Y EL CAMINO ESPAÑOL

En tiempos en los que España dominaba los territorios de medio mundo, la flota del Imperio se valió de estos dos trazados para protegerse de los piratas.

:: JOSÉ MARÍA DEIRA. COMISARIO Y ESCRITOR

 

Por tierra y mar, la envidia venenosa que la situación sobresaliente de la recién inventada España, despertaba en el resto de naciones europeas, era solamente comparable a la enorme codicia que esas mismas naciones demostraban para hacerse con lo que no era suyo.

Desde que sus Católicas Majestades, además de vencer definitivamente al Islam, propician el descubrimiento de un Nuevo Mundo, Europa no puede ni vernos.

De ser aquel pariente pobre del sur que se debate en sangrienta lucha contra el invasor, hemos pasado a ser los parientes ricos que traen desde sus colonias el oro y la plata por toneladas, las especias y las simientes de frutos y hortalizas jamás soñados.

De harapientos a cargadores en un santiamén. De hambrientos, a despensa del continente que se quita las hambres con nuestras patatas, tomates, maíz; se deleita con el cacao, se endulza con la caña y que se asombra de que todo aquello lo tengamos por el mero hecho de ser unos aventureros.

Como ya no se puede descubrir lo que está descubierto, la solución que se les ocurre a los que no tienen escrúpulos es arrebatárselo a los que lo poseen legítimamente y se reinventa la piratería y se concede la patente de corso y los ingleses, holandeses, franceses y todos los que viven en nuestros pisos de arriba, se dedican a incordiar, asaltar, robar y matar, con todo el descaro del mundo.

Y decía un proverbio inglés, que durante mucho tiempo tuvo gran vigencia que “Españoles quiero en el mar. En tierra que San Jorge nos guarde” y con esa sentencia dejaba buena constancia de que en la mar, por fortuna par ellos, España era muy vulnerable.

En tierra la cosa era muy distinta, pues los soldados españoles habían demostrado su valentía en mil batallas y los famosos Tercios, ejército que imperaba en aquellos momentos, eran un Cuerpo muy temido.

Para hacernos una idea del territorio que España tenía que controlar en tiempos de Carlos I o de Felipe II, además de echar mano a la famosa frase de que en los reinos de España no se ponía el Sol, podemos decir que de África y de Asia, sólo se conocían las costas y no todas, la mayoría sin explorar y que Europa terminaba en los Urales. Australia era todavía la Terra Australis Ignota y el resto del mundo nos lo repartíamos españoles y portugueses.

Los tres océanos más importantes del mundo eran controlados por la Península Ibérica, a excepción del norte del Atlántico en el que pululaban los piratas holandeses, británicos y franceses.

España tenía extensas posesiones en el norte de Europa, eran los territorios conocidos como Flandes, a los que había que atender, administrar, avituallar y, en fin, surtir de lo que era necesario, sobre todo de capitales.

Pero a través del mar, ruta más rápida y cómoda, a la vez que barata, nuestras tropas, nuestros suministros y nuestros capitales, estaban en constante peligro. Igual daba que fuera comercio con las Indias que con los territorios del norte: estábamos siempre expuestos a la piratería, que en el caso de Flandes se aliaba con otro mortal enemigo, las tempestades que azotan los mares del norte.

Se hacía necesario tener rutas seguras, era imprescindible proteger a los navíos que iban y venían a las Colonias; había que asegurar el comercio, la correspondencia y el abastecimiento por tierra con Flandes y para cada una de las dos situaciones se crearon dos procedimientos de actuación que, durante muchas decenas de años, aseguraron la preeminencia española en el mundo entero.

Uno fue la Ruta de Indias y el otro fue el Camino Español, ambos reinando Felipe II.

Galeón español y arcabucero de los Tercios

 

La Ruta de Indias se inició en 1561 y desde un principio se diferenciaron dos itinerarios distintos. La primera tenía como destino Nueva España (Méjico) y rendía viaje en el puerto de Veracruz. La segunda iba a Nueva Granada (Colombia) y tenía como destino el puerto de Nombre de Dios, sustituido años más tarde por el de Portobelo. Ambas rutas descendían hasta las Islas Canarias y luego cruzaban el océano dejándose llevar por los vientos que empujan hacia el ecuador.

Como era natural en la navegación de la época, dependían de las corrientes marinas y, sobre todo, de los vientos, razón por la que una y otra ruta tenían fechas concretas en las que, los vientos alisios y las corrientes del Golfo de Méjico, empujaban las naves.

Para seguir ambas rutas, se concentraban los navíos en Sevilla y Sanlúcar de Barrameda, al principio y más tarde, en Cádiz; una gran cantidad buques, que en el caso de Veracruz se llamaba la Flota de Nueva España y en el de Portobelo la Flota de los Galeones.

A estos navíos se unían barcos de guerra debidamente artillados que actuaban como escoltas del convoy.

La Flota de los Galeones partía en el mes de agosto y una vez abandonado el mar peninsular, formaban una escuadra que encabezaba la nao Capitana, seguida por los buques mercantes y cerrando la flota la nao Almiranta. Los buques de guerra quedaban a barlovento, para alcanzar a la flota rápidamente en momentos de peligro. Así formados, descendía por el entonces llamado Mar de las Yeguas, hasta Las Canarias, a donde llegaban en diez o doce días, según el régimen de vientos.

En las Afortunadas, como entonces se las llamaba, los barcos se aprovisionaban para la larga travesía que tenían por delante y emprendían la siguiente singladura por el denominado Mar de las Damas, así llamado porque se decía que las condiciones de navegación permitían que hasta una mujer pudiera de gobernar un barco. En esa zona todo el trabajo lo efectuaban los vientos alisios que en esa época del año y en el hemisferio norte soplan desde los trópicos hacia el ecuador a una velocidad casi constante de unos doce nudos.

En un mes, aproximadamente, se atravesaba el Mar de las Damas, llegando a la Isla Dominica donde se hacía una corta escala y todos bajaban a tierra y celebraban grandes comilonas, para aliviar las hambres pasadas durante la travesía. Desde Dominica, otro mes para llegar a Portobelo.

La Flota de Veracruz salía en el mes de abril. Hacía la misma ruta pero al llegar a las Antillas, subía hacia el norte, buscando el Golfo de Méjico y el puerto de Veracruz.

El tornaviaje, que así se llamaba al regreso, lo hacían las dos flotas juntas, concentrándose en el puerto de La Habana, a donde iban llegando los galeones cargados con todas las riquezas que se traían a España.

En La Habana esperaban los buques de guerra y con el convoy formado, aprovechando la corriente del Golfo y los vientos contraalisios, alcanzaban las Islas Azores, en donde aumentaba el peligro de encontrarse con piratas, que aprovechaban el cansancio del viaje, la falta de alimentación y cuantas deficiencias de la flota pudiera beneficiarles.

Al contrario de lo que se cree, incluso de lo que se ha glosado, los apresamientos de buques españoles por parte de los corsarios fueron mínimos y en los doscientos cincuenta años en los que funcionó el sistema de flotas, puede considerarse como una de las operaciones navales más importantes de la historia mundial y sin lugar a dudas, la que más éxitos cosechó. La última flota zarpó en 1776 y poco después, España, acuciada por gravísimos problemas, abrió el libre mercado con las Colonias.

El otro éxito en las comunicaciones es lo que se conoce como Camino Español. Casi a las mismas circunstancias referidas a la piratería, hay que agregar los tremendos temporales de los mares del norte y el peligro de cruzar el Canal de la Mancha, dominado por Francia e Inglaterra. Así que el avituallamiento de Flandes sufría grandes y constantes descalabros. No llegaban las pagas de los Tercios, ni el armamento, ni casi nada de lo que se hacía imprescindible para mantener un estado de guerra casi permanente.

Por esa razón, el monarca, Felipe II, asesorado por el religioso y político español, Cardenal Granvela, creo una ruta terrestre que diera seguridad a las comunicaciones con los Países Bajos.

Esa ruta se llamó El Camino Español y se inauguró en 1567, es decir, seis años después de haber puesto en marcha las Rutas de Indias y haber comprobado el buen resultado.

El Camino Español se iniciaba en diferentes ciudades españolas y de la península Italiana, dominada por España. Desde Valencia o Barcelona por mar hasta Génova y desde allí, Nápoles o Florencia, convergían todos en Milán, en donde se formaban fuertes expediciones que atravesaban los Alpes, luego, el entonces llamado Franco Condado, Alsacia y Luxemburgo, para llegar a Bruselas, capital de los territorios que recibían el nombre genérico de Flandes.

El Camino funcionó por más de cien años contribuyendo de manera notable a dar estabilidad a aquellos lejanos territorios y durante ese tiempo se registraron innumerables expediciones, ninguna de las cuales sufrió daño alguno, aparte de las meras anécdotas propias de los viajes.

Según el número de soldados que se movilizaran para hacerla segura y dependiendo del volumen del propio convoy, la ruta, que tenía unos mil kilómetros, se cubría en menos de dos meses, habiéndose registrado como record de velocidad una expedición del año 1578, que cubrió la distancia en treinta y dos días.

Cualquiera de estas dos contribuciones a la seguridad de las comunicaciones hubiera sido aireada hasta la saciedad si el país que las hubiese puesto en marcha hubiera sido alguno de los que nos esperaban tras los recodos para arrebatarnos lo que nos pertenecía.

PERICO, LA TIRABUZONES Y CANDELAS

El siglo XIX fue muy prolífico en cuanto a personajes curiosos; tres de ellos se hicieron famosos por su capacidad para sobrevivir aplicando la picaresca.

:: JOSÉ MARÍA DEIRA. COMISARIO Y ESCRITOR

La novela picaresca es una invención española, exportada luego a otras literaturas por el enorme éxito adquirido, pero en principio, netamente española y castiza.

Y esta original narrativa no hacía otra cosa que retratar a los personajes del momento, porque, personajes, lo que se dice personajes, los hubieron y mucho.

Veamos algunos de los que en el siglo XIX hormiguearon por la literatura y por la vida ordinaria.

Se decía que la mejor agua de Madrid era la de la Fuente del Berro, situada a las afueras de la ciudad y junto a unos bonitos jardines y debía ser cierto pues el agua alcanzó una fama que hasta hoy perdura.

Varias veces al día, llenaban los aguadores sus tinajas para ir ofreciéndola por toda la capital.

 

La Fuente del Berro en su estado actual

 

Hoy, nadie bebería el agua de un cántaro que te ofrecían en una jarra de metal en la que ya habían bebido muchos a cambio de lo que quisieras dar de voluntad, pero en aquella época, las cosas eran tan distintas que hasta esa actividad podía ser un buen trabajo.

En ese menester ocupaba su tiempo y se ganaba la vida, Perico Chamorro, un mozo fornido y guapo que presumía de que no había mujer que se le resistiera. Era lo que en Madrid se conocía como un “chulapo”, que terminó dejando las cántaras de agua y yéndose a vivir con la que se le ponía a tiro, y a la que sacaba hasta los últimos ahorros.

En ese ir y venir de mujeres, Perico se fue haciendo mayor; maduro, con experiencia y con simpatía a raudales, nunca le faltaron mujeres de vida alegre que lo mantuvieran.

Pero conoció a una que fue la que le abrió las puertas de la riqueza y del poderío. Indudablemente debía ser una mujer de “tronío”, como se decía en la época. Hija natural de otra mujer “de la vida”, también famosa en la Villa por su belleza espectacular y dicen, que de un clérigo, por lo que, aún fuera del matrimonio, Lola la Naranjera, conocida en el argot del puterío como la “Tirabuzones” había nacido y criado en el seno de la Iglesia.

Se conocieron y ambos quedaron prendados el uno del otro, comenzando una relación que llevó a Perico a frecuentar los prostíbulos y tugurios de la capital como el “Cuclillo” y el “Traganiños” en donde coincidió nada menos que con Fernando VII, el rey de España, antes El Deseado y luego El Rey Felón, que gustaba frecuentar aquellos ambientes en busca de buenas mozas y sin que la discreción le preocupara.

El rey se encaprichó de la Tirabuzones y como es natural, no hubo obstáculos que impidieran llevársela a la cama, con la complacencia de Perico que desde entonces trabó amistad con el monarca, que le encargaba que le buscara las mejores y mas guapas mozas de Madrid.

El truhán prosperó junto a aquella nueva amistad. Cambió su nombre por el de Pedro Collado y se fue a servir al palacio real, como criado particular del rey y dicen que hasta lo nombró para un cargo oficial.

De La Tirabuzones existe poca documentación, pues permaneció muy a la sombra de los hombres de los que fue amante y entre los que se encontraban, además de los ya señalados, el escritor romántico Mariano José de Larra y el menos literato, pero romántico a su manera: Luís Candelas, un antiguo vecino de la calle Calvario, en el barrio de Lavapiés, el más castizo de Madrid y conocido así por una fuente en la que los judíos se lavaban antes de entrar en la sinagoga.

Es cierto que en aquel barrio vivían muchos judíos, tanto que era la judería más importante de Madrid, y tantos, que entre todos consiguieron colocar un epíteto en la rica palabrería de la capital y fue el de los “manolos y manolas”, nombre con el que se conocía a los chulos y chulapas del barrio.

La explicación de este curioso episodio es que, tras la expulsión de los judíos, muchos se quedaron aquí, falsamente convertidos al cristianismo y otros, muchos más que marcharon a países cercanos, empezaron a volver al cabo de los años y, haciendo apostasía de su fe, decían convertirse en cristianos y se bautizaban, usando la mayoría de ellos el nombre de Manuel, derivado de Emmanuel, nombre bíblico con el que estaban muy familiarizados.

Tal proliferación de “Manueles” hizo que al barrio de Lavapiés, se le conociera como el de los “Manolos”.

Pues bien, en la calle Del Calvario de ese barrio nació, en 1804, Luís Candelas Cajigal, tercer hijo de un matrimonio normal cuyo padre era un carpintero con industria propia.

Desde muy joven, Luís demostró más interés por la calle y las peleas que por el colegio y los libros y tras la muerte de su padre, no volvió a la escuela. Su madre movió cuantas influencias podía tener y consiguió que su hijo ingrese en el cuerpo de Agentes del Fisco, en el que duraría poco tiempo.

Pero lo verdaderamente curioso de la vida de Luís Candelas, no es que fuera un ladrón, ni que robara a los ricos para dárselo a los pobres, como mantenía el vulgo que lo tenía como una especie de ídolo popular, ni que las mujeres no se le pudieran resistir, lo anecdótico de su vida es una historia bastante poco conocida.

España vivía una época llamada “La década Ominosa”. Tal era el descontrol existente, tal la alternancia en el poder de liberales y conservadores que cada día aparecían personajes nuevos, por lo que Luís, amante de la buena vida y rico como era, decidió inventarse una nueva personalidad y así, compró una casa en la calle Tudescos número 5, con una  entrada secreta por la calle trasera. Disfrazado, de día era el rico indiano Luís Álvarez de Cobos que arreglaba una herencia en Perú y de noche, cuando sus compinches el Sastre, los hermanos Cusó y Balseiro, venían a buscarle, salía por el portillo posterior convertido en Luís Candelas.

Como indiano comparte amante con don Salustiano Olózaga, un personaje de la vida política y hasta hace amistad con él, y con el que llega a coincidir en la cárcel, él, por ladrón, como es natural y don Salustiano por masón y conspirador. Luís, dueño de todas las mazmorras de Madrid, le prepara la fuga comprando a los guardianes y él se queda dentro de la cárcel, porque dio su palabra a los guardias de que él no escaparía.

Pero no fue aquella breve época como Agente del Fisco la única vez que el bandolero se hace funcionario. A la muerte del rey, accede al trono su hija Isabel que por ser menor de edad queda bajo la regencia de su madre, la reina María Cristina, y comienza una época en la que se desea un poco de paz social. Se promulga una amnistía general y a alguien en el gobierno se le ocurre pensar que quien es un buen bandolero puede ser un buen guardián del orden.

Una barbaridad como muchas de las practicadas en la época, pero lo cierto es que a Candelas, al Tempranillo, Juan Caballero y otros que son indultados, se les ofrece la opción de convertirse directamente en miembros de las Fuerzas de Seguridad del Estado.

Algunos aceptan, entre ellos Luís Candelas, pero no pasan muchos días antes de comprender que aquella vida no es para él. Se ha acostumbrado al lujo, las mujeres y a una vida sin obligaciones y la situación de funcionario no le agrada, así que renuncia y vuelve a reunir a su banda.

Será la época de mayor actividad y también la de mayor osadía. Los golpes son cada vez más sonados: asalto al oidor de La Habana que se encontraba en Madrid, al embajador de Francia, y el más sonado de todos, a la modista de la reina que tenía un taller en la calle del Carmen y a la que dejaron atada, en enaguas y sin un real.

Fue la gota que colmó el vaso y todas la policía se volcó para detener por enésima vez al bandido y que ahora, no volviera a escaparse.

Quiso huir a las Américas con su novia, Clara María, una joven de diecisiete años, pero cuando fueron a coger el barco que desde Gijón los iba a llevar a Inglaterra, la joven se volvió atrás y no quiso embarcar, de vuelta a Madrid fue reconocido en la villa de Alcazarén, al sur de Valladolid, por un viejo compinche que lo delató. Aquella noche fue detenido, trasladado a Valladolid y luego a Madrid, en donde ingresó en la cárcel del Saladero y tras juicio y aunque no tenía ningún delito de sangre, fue condenado a muerte el día dos de noviembre de 1837 y ajusticiado cuatro días después, a la edad de 33 años y por el procedimiento de garrote vil.

Dicen que en el momento en que el verdugo cubría su cabeza con la reglamentaria capucha, profirió en voz muy alta la frase: “Sé feliz, patria mía.”

UNA EMPRESA CON SOLERA

Aunque se considera un producto moderno, los platillos son un invento del siglo XVII ideado por un armenio llamado Avedis que creó un negocio que existe hoy en día.

:: JOSÉ MARÍA DEIRA. COMISARIO Y ESCRITOR

 

Iniciada la Edad Moderna, para unos con la toma de Constantinopla por los turcos en 1453 y por tanto la caída del Imperio Romano de Oriente, para otros con el Descubrimiento de América en 1492, la llamada Edad Oscura quedó atrás y empezó una época en la que, curiosamente, el referente no era el período que se acaba de cerrar, sino el otro anterior: la Edad Antigua.

El modernismo de aquella época produjo un despegue espectacular en las ciencias y las artes y sobre todo, en algo a lo que entonces no se prestaba demasiada atención y que no era otra cosa que la incipiente tecnología.

En los laboratorios de los alquimistas, todos ellos empeñados en encontrar la piedra filosofal, el elixir de la eterna juventud o el agua milagrosa que todo lo convierte en oro, no se encontraron ninguna de las tres gracias milagreras, pero en cambio se hicieron numerosos descubrimientos en relación a metales, aleaciones, compuestos químicos y otras muchas cosas.

Uno de estos descubrimientos, o mejor dicho, experimentos con metales, fue el que llevaba a cabo un armenio afincado en Estambul, el cual dedicaba parte de su tiempo a trabajar en su laboratorio entre hornos y matraces, crisoles y escorias, en busca de un metal con unas características determinadas.

Era el año 1618, cuando este armenio, llamado Avedis, recibió el encargo de fabricar una especie de matraca, artilugio capaz de meter mucho ruido que el ejército otomano utilizaba para desalentar a los enemigos. Enfrascado en su trabajo andaba a la búsqueda de un metal adecuado que tuviera la suficiente sonoridad, mientras trataba, por descontado, de encontrar la fórmula para convertir las escorias de sus fundiciones en oro.

No encontró el oro, pero si que ensayó con una aleación de cobre, estaño y plata, que mezclados en las proporciones adecuadas y al añadía algún aditivo que nunca se ha revelado, produjeron un metal de color dorado pálido, cuya propiedad primeramente advertida era la sonoridad que presentaba ante su golpeo.

Perfeccionando el descubrimiento, Avedis comprendió que aquel metal que había descubierto, era muy apropiado para confeccionar los címbalos que se usaban en las orquestinas turcas, así como en el ejército para acompasar trompas, tubas y otros muchos instrumentos.

De inmediato se puso a la fabricación de platillos con su metal, fundiéndolo en láminas finas y dándole luego su forma cóncava a base de martilleo y calor.

El resultado fue espectacular y aquellos platillos sonaban con un timbre hasta aquel momento nunca conocido, tanto que el joven sultán Osman II, ordenó a Avedis que se trasladase al palacio de Topkapi para fabricar allí címbalos exclusivos para su guardia personal, los jenízaros.

Este sultán es también un caso curioso en la historia del Imperio Otomano, pues accedió al trono con catorce años, en 1617, como fruto de un golpe de estado valiéndose de la guardia jenízara contra su tío, el sultán Mustafá I, el cual era retrasado mental (discapacitado psíquico, diríamos ahora); pero él mismo fue asesinado en 1622, precisamente por otra conjura de los propios jenízaros, a los que Osman se había propuesto quitar el poder que venían detentando dentro del Imperio. Para conseguir su fin, cerró los cafetines en donde se reunían los mandos de aquella tropa de élite y en donde no hacían otra cosa que conspirar contra todo.

Eso y el traslado a la capital de fuerzas del ejército que él pudiera controlar, fue el origen de una revuelta palaciega en la que su propia guardia personal acabó estrangulándole con una cuerda de arco. Le sucedió Mustafá I, el sultán anteriormente depuesto.

Aquella muerte y el cambio de sultán fue proverbial para Avedis, pues un año más tarde, en 1623, se liberó del compromiso con el sultán y pudo abandonar el palacio, trasladándose a un suburbio de la capital llamado Psamatia, en donde se dedicó por entero a la fabricación de aquellos címbalos que tanta demanda tenían, creando una empresa con el nombre de “Zildjian” que en armenio significaba algo así como el hijo del vendedor de cimbales, nombre que le había atribuido el sultán asesinado, aunque quizás no sea demasiado precisa la traducción. Lo cierto es que aquella empresa empezó a prosperar, hasta el extremo de que alcanzó importantes proporciones, siempre con base en la excelente calidad del timbre sonoro de sus platillos, lo que hizo que muchos competidores se esforzasen en saber la composición de aquellos instrumentos.

Para completar el proceso de fabricación y timbrado del platillo, era evidente que otro ingrediente entraba a formar parte y eso lo sabían sus competidores, pues en varias ocasiones hubieron explosiones durante la fundición, algunas de las cuales produjeron daños importantes

Sabedor de que ese debería ser el secreto mejor guardado, sólo el primogénito de la familia y justo en el momento en el que se hacía cargo de la dirección de la empresa, recibía de su antecesor la fórmula que memorizaba y empleaba en la fundición, bajo las más estrictas medidas de seguridad.

A pesar de las muchas intentonas, nadie consiguió descubrir el secreto de la fabricación y lo que es más importante, por muchas pruebas que se realizan, tampoco se consigue ni siquiera imitar el sonido mágico de aquellos platillos.

Así fue pasando la empresa de padres a hijos durante quince generaciones, siempre con las mismas características de fabricación, en donde, con el tiempo, se introdujo la variante del platillo fundido directamente y más tarde con la aparición de las prensas hidráulicas, fabricados por embutición, dándoles la forma más adecuada al tipo de sonido que habían de emitir.

A principios del siglo XX Avedis Zildjian III, se separó de su hermano Kerope y emigró a los Estados Unidos, estableciéndose en Boston.

Kerope continuó en Estambul, fabricando y vendiendo sus platillos, mientras Avedis hizo lo propio integrándose en la mayor empresa de fabricación de instrumentos musicales, la Grestch.

Gracias a la extraordinaria aceptación que los platillos tuvieron en el mercado norteamericano, Avedis fue introduciéndole modificaciones y creando varios tipos, según se lo exigían los músicos de la época.

Con las dos Guerras Mundiales y la posterior militarización que el mundo experimenta, la proliferación de bandas de música afecta a la producción de los platillos y la empresa sufre un importante auge que continúa más tarde con las apariciones de infinidad de orquestas y sobre todo, de los grupos de música rock, beat, etc., en las que la batería juega un papel esencial.

Pero el impulso final se produce en 1964, cuando The Beatles actuaron en el más famoso show de la televisión norteamericana, el de Ed Sullivan, todo un mito en este tipo de programas. Hicieron dos apariciones, el 16 y el 23 de febrero e interpretaron cinco canciones en total, apareciendo el batería Ringo Starr tocando una batería con platillos Zildjian, como se observa en la fotografía que acompaña estas líneas y que muestra al batería y al famoso platillo.

Desde ese momento el crecimiento de la empresa es imparable y pocos años después, la Zildjian americana compra todas las empresas de su mismo nombre en Europa y monopoliza la producción de las diferentes clases de platillos que fabrica para todo el mundo.

 

Ringo Starr y los platillos Zildjian

 

Se abren empresas en Canadá y en diversas ciudades de los Estados Unidos y en la actualidad, además de los famosos platillos, se fabrican las baquetas, al gusto y medida de cada músico, y en la clase de madera que prefiera, o en otros materiales más modernos, como la fibra de carbono.

En 2002, murió Armand Zildjian, el último de los varones director de la empresa, que desde entonces está dirigida por sus hijas Craigie y Debie, las cuales han continuado en todo la tradición familiar, sólo que incorporando el elemento femenino, cosa impensable en otros tiempo y todavía lo es en el país de origen de la familia.

En los Estados Unidos, la firma Zildjian es considerada como propiamente americana, ignorando los trescientos años que había permanecido casi oculta en la permanentemente medieval Turquía, pero el hecho de llevar ya más de un siglo asentada en su territorio, le ha conferido carta de naturaleza.

En la actualidad la empresa tiene más de ciento setenta empleados y vende por encima de los cincuenta millones de dólares.

En una fotografía publicitaria de la empresa, se aprecia a una de las actuales directoras, junto a la estrella de sus productos y al fondo, un cartel anunciador en una retrospectiva con la que se quiere destacar, no ya la antigüedad de la empresa misma sino, por la vestimenta del hombre que aparece junto al cartel, la propia antigüedad en los Estados Unidos.

 

 

Craigie Zildjian, la actual directora

¿QUIEN FUE JAMES BARRY?

Nacido a finales del XVIII, fue un importante y joven doctor del ejército británico que trabajó en Sudáfrica y cuyo gran secreto fue desvelado al morir.

:: JOSÉ MARÍA DEIRA. COMISARIO Y ESCRITOR

 

Hace unos días, mientras escribía un artículo sobre los Dientes de Waterloo, me tropecé con una historia que me pareció tener aristas interesantes y por eso, en cuanto he tenido tiempo me he puesto a investigar hasta llegar a completar lo que se podría calificar entre la realidad y la especulación.

En la batalla de Waterloo, el ejército británico contaba con un médico que llegaría a alcanzar fama mundial por diversas razones.

Este médico se llamaba James Barry y había nacido en Edimburgo alrededor de 1799. Poco se sabe de su familia, pero se conoce que desde muy pequeño demostró un alto interés por la medicina y en cuanto tuvo la edad apropiada, en aquel tiempo muy escasos años, ingresó en la Escuela de Medicina de Edimburgo en donde se matriculó en 1809, graduándose en 1812.

Significa esto que el joven Barry no tendría más de catorce años cuando ya era médico y, un año más tarde, trabajaba como asistente en el hospital militar de su ciudad. Ingresó como cirujano en el ejército británico y acompañó a las tropas en la famosa batalla.

Posteriormente desarrolló su trabajo en las Colonias Británicas y sirvió como cirujano militar en la India y en Sudáfrica.

Aproximadamente en 1816 llegó a Ciudad del Cabo, la capital de la Colonia y una casualidad propiciada por la falta de profesionales titulados en medicina, hace que se le nombre Inspector Médico de la Colonia que en aquella época ocupaba todo el cono sur de África.

En aquel país, atenazado por la sed y el hambre, el doctor Barry se esfuerza no solamente en mejorar las condiciones sanitarias de los soldados, sino de toda la población nativa, cuyas condiciones de vida, piensa él, son responsabilidad de la Corona Británica. Por eso se entrega y trabaja sin descanso en la mejora de los suministros de agua potable, pues ya se sabía que las aguas infectas eran la fuente principal de las mayores epidemias que conocía el continente y en esta tarea, en la que puso mucho empeño, se ocupó durante algún tiempo, pero sin olvidar la práctica de la medicina y el cuidado de los enfermos.

En aquellos años y en los países sin desarrollar, diversas circunstancias higiénico-sanitarias hacían posible la expansión de una terrible enfermedad: la lepra. A los enfermos de lepra se los recluía en los lazaretos dejándolos morir poco a poco. En algunos países no existían leproserías y eso ocurría en Sudáfrica, en donde el doctor Barry luchó, hasta llegar a enfrentarse en duelo a un oponente a que se construyera un lazareto en Ciudad del Cabo.

Curiosamente y como ocurriría casi siglo y medio más tarde, se produce en Sudáfrica un acontecimiento médico por primera vez en la historia. Hasta aquel momento, la práctica de la cesárea era una técnica que los cirujanos conocían perfectamente, pero se consideraba tan agresiva que solamente se practicaba cuando la madre gestante había fallecido o estaba a punto de hacerlo. Eso suponía llevar poco cuidado con las lesiones que se pudieran practicar a la madre y todo estaba enfocado en salvar el feto, cosa que en muchos casos se conseguía.

Pues bien, el doctor Barry fue el primer cirujano de la historia, del que se tiene noticia que practicó una cesárea consiguiendo que la madre y el hijo sobrevivieran a la operación.

El hecho no está muy bien documentado y es más que posible que se tratase de una mujer de raza negra, seguramente joven y fuerte a la que se le presentó un parto complicado. En honor al doctor que había salvado la vida de su hijo, la madre le puso su nombre, existiendo constancia que su apellido era Munnik.

El otro acontecimiento médico de gran trascendencia registrado en Sudáfrica fue el primer trasplante de corazón, llevado a cabo en la década de los sesenta por el doctor Christiann Bernard.

Tras su estancia en el sur de África, el año 1828, el doctor Barry pasó por Trinidad Tobago, Isla Mauricio y Santa Helena, donde Napoleón había sufrido destierro hasta su muerte. Posteriormente fue destinado a Malta, como General Inspector de Hospitales y más tarde pasó por Canadá y Jamaica.

En el año 1845, el doctor Barry contrajo la fiebre amarilla, causando baja por enfermedad y trasladándose a Inglaterra con la finalidad de curarse.

Regresó a Malta al año siguiente y tras algunas dificultades con el clero local, fue destinado a   Corfú, en Grecia, con el mismo rango y luego, en 1857, lo destinaron a Canadá, en donde, al igual que en Sudáfrica, encontró problemas relacionados con la alimentación y con la misma y terrible enfermedad de la lepra.

Se retiró del servicio activo en 1864, en contra de su voluntad, pero considerablemente enfermo, pues el 25 de julio de 1865, moría víctima de disentería.

Y al producirse su muerte es cuando realmente esta persona alcanza la dudosa fama que después lo coronaría.

La primera circunstancia realmente sorprendente es que en una carta que entrega a su cuidadora, la enfermera Sofía Bishop, para que sea leída después de su muerte, manifiesta su voluntad de que lo entierren tal como se encuentra en ese momento, sin desnudarlo, lavar el cadáver, amortajarlo o aplicarle cualquiera otra de las prácticas habituales, circunstancia que sorprende a la enfermera que de inmediato consulta con el médico que atendía a Barry en sus últimos días, el cual también se sorprende y decide no hacer caso del mandato de la carta y proceder como era habitual.

Y al desnudarlo se descubre que no era un hombre. Era una mujer perfectamente formada y sin ningún signo evidente de que hubiera defecto físico que indujera a confusión.

Como es natural y al tratarse de un alto cargo del ejército británico se formó un gran revuelo que fue zanjado por las autoridades militares, permitiendo que se enterrase con el nombre con el que se le había reconocido en la milicia y con la categoría militar que había alcanzado y así figura en su tumba del cementerio londinense de Kensal Green, como se muestra en la fotografía.

 

 

Lápida en la tumba de Barry

De inmediato se desató la especulación e incluso la investigación sobre las causas y las circunstancias por las que aquella mujer había vivido como un hombre, con una dilatada vida profesional en el ejército y sin que nunca hubiera existido sospecha alguna sobre su verdadera condición. Fruto de las investigaciones realizadas, se sabe que James Barry nació en Irlanda en 1789 con sexo mujer, de nombre Margaret  e hija del matrimonio formado por Jeremías Bulkley y su esposa Mary Ann Barry, hermana del famoso pintor irlandés James Barry, profesor de arte de la Academia Real de Londres. Jeremías terminó en prisión y los hermanos de Mary Ann no podían ayudarles económicamente.

Se ignora la razón por la que embarcaron hacia Edimburgo, a donde llegaron adoptada ya la identidad de James Barry, por parte de Margaret.

Allí se matricula en la escuela de Medicina y el resto de la historia ya es conocida.

De igual forma en que Catalina Erauso, la Monja Alférez, suplantó una identidad masculina, o Concepción Arenal se vestía de hombre para poder estudiar derecho, Margaret Bulkley se hizo pasar por hombre para poder cursar estudios de medicina, entonces totalmente vedados a la mujer del Reino Unido, pero lo sorprendente es que luego se hiciese militar y así terminase sus días, sin descubrir jamás su verdadero sexo.

Como suele ocurrir en casos similares, tras su muerte no faltaron los que se jactaban de haber intuido la verdadera identidad del doctor e incluso alguno manifestó conocer la existencia de un embarazo, posiblemente fruto de un romance surgido entre Margaret y Lord Charles Somerset, mientras se encontraban en Ciudad del Cabo, pero esa es una circunstancia que no está adverada.

Se dice que para ocultar sus rasgos físicos usaba vestimentas muy amplias y para disimular la finura de su cutis, o la de su voz, había empezado por quitarse años, lo que puede justificar que con doce terminara la licenciatura. Se conservan algunos retratos del doctor, pero de escasa calidad, en donde no se pueden estudiar sus rasgos de manera adecuada.

 

 

Retrato de James Barry

 

Lo cierto es que como persona, supo ser eficaz en su trabajo, discreta en su vida y buen profesional. No se le conocen escándalos de ninguna clase, salvo los que llegó a protagonizar defendiendo fervientemente la causa médica. Era vegetariana y abstemia y los que trabajaron con ella lo definían como de trato muy humano con los pacientes y sobre todo, un dato muy significativo que es la elevada tasa de recuperación de soldados heridos en las diferentes guerras en las que intervino como cirujano militar.

Este hecho es innegable pues figura en las tablas de control que el ejército británico llevaba de cada una de sus actividades.

 

LA CARTUJITA

El origen de la tortilla se remonta a los monjes cartujos que decidieron darle uso a los huevos que se rompían durante la recolección.

:: JOSÉ MARÍA DEIRA. COMISARIO Y ESCRITOR

 

Una Cartuja es un convento o un monasterio que da albergue monjes de la orden de los cartujos. Existen muchas cartujas muy famosas, una de ellas, la de Jerez, considerada el edificio religioso más importante de la provincia de Cádiz, la tenemos tan cerca y hemos pasado tantas veces ante su puerta que casi no le damos importancia; pero la más famosa es la de Parma, que es una novela de Stendhal en la que, por cierto, la cartuja no tiene protagonismo alguno y siempre fue un enigma la razón por la que su autor eligió ese título. Pero aparte los edificios de las cartujas, merece más hablar de sus habitantes, los cartujos, monjes que hacen voto de silencio y que por toda conversación al encontrarse en el huerto o en las otras dependencias se saludan con un: “hermano, morir habemos”; a lo que el otro responde: “ya lo sabemos”.

En realidad no sé si esto es verdad o fruto de la iconografía formada alrededor de tan interesante orden que tiene más de diez siglos de existencia.

Estos monjes se han destacado desde siempre por su austeridad, por su cercanía a la tierra y por aplicar un principio de autarquía en toda su vida. Es decir, tratan de ser autosuficientes y producir lo que han de consumir. A ellos y a su afán por aprovecharlo todo, se atribuye la invención de “La Cartujita” que no es otra cosa que tortilla de huevo, sin ningún otro aditamento.

Esta tortilla, que en muchas partes de España se le llama Cartujita, es conocida popularmente como Tortilla Francesa, que no es nada francesa, sino española y a mucha honra. La tortilla es un alimento que se conoce desde la antigüedad y que formaba parte de la alimentación de algunos pueblos, no de todos, pues había muchos que desconocían la existencia de las gallinas.

Hace dos mil quinientos años, el faraón Tutmosis I, que sin ser de la familia real llegó a ser faraón y, además, un magnífico gobernante y guerrero, regresaba a su país después de una larga campaña victoriosa que había llevado a su ejército de carros hasta el mismo río Éufrates.

Se había enfrentado a varias tribus asentadas en la actual Siria y había salido victorioso, pero sobre todo, se había quedado perplejo por dos cosas que los sirios habían conseguido. La primera fue la invención de la Seguridad Social. No ciertamente como la conocemos nosotros, sino como una forma arcaica de un igualatorio médico en el que los ciudadanos, cuando estaban sanos, pagaban a su curandero, chamán, brujo o como quiera que le llamaran, una módica cantidad cada cierto período de tiempo y el sanador cuidaba de su salud, pero cuando el ciudadano caía enfermo, dejaba de pagar hasta que sanaba y así obligaba al médico a aplicar toda su ciencia para curarle lo antes posible y seguir cobrándole el peculio. Una forma desde luego avanzada de entender lo que es un seguro médico.

La otra sorpresa del faraón fue que los habitantes de aquel país casi desértico, tenían en sus casas un ave, fea en extremo, pero que cada día les daba un huevo.

El ave era la gallina que habiendo existido asilvestrada desde siempre, había sido domesticada por el hombre que se aprovechaba de su capacidad para reproducirse, sirviendo así de alimento como carne, pues los huevos no se consumían.

Con la idea de la salud y con varias gallinas y algún que otro gallo, Tutmosis I regresó a Egipto.

Cuando sus súbditos le recriminaron que hubiese traído aquel animal tan feo, de triste mirada, plumas desfavorecidas y que ya ni siquiera era capaz de volar, el faraón les dijo: cierto que es fea y no vuela, pero es capaz de tener un hijo cada día y os llenará el corral en pocos meses.

Y más o menos a partir de ahí, se desarrollaron la sanidad pública y las aves de corral.

Durante muchos años, las gallinas y los pollos contribuyeron con su carne a paliar las hambres, pero fue mucho más tarde cuando se empezó a consumir el huevo como tal y en esto, esos frailes de los que antes se habló tuvieron mucho que ver.

En la diaria recolección de huevos en los huertos de los conventos, algunos se rompían, bien en el traslado, la manipulación o por la propia gallina que los picoteaba. Al no ser aptos para la reproducción era una pena tirarlos, así que a alguno se le ocurrió batirlo y cocinarlo en aceite caliente, hasta que el huevo cuaja y forma la tortilla.

Desde entonces, a la tortilla se le ha echado de todo, desde jamón u otros embutidos, hasta verduras, queso, escabeches, etc. Todas exquisitas, aunque sin lugar a dudas la reina de todas las tortillas es la llamada Tortilla Española o tortilla de patatas y cebollas.

Pero cuenta la historia que durante la invasión napoleónica, las cosas en España estaban muy difíciles y prácticamente no había nada que agregar al huevo para dar mayor consistencia a la tortilla y así nació la tortilla a secas, sólo con huevo, a la que pronto, la imaginación popular denominó “tortilla a la francesa”, porque eran los franceses los culpables de aquella escasez de alimentos.

 

 

Tortilla a la francesa, u omelette y Tortilla española o de patatas.

 

Centrando un poco más el tema, hay quien piensa que el término fue acuñado precisamente en nuestra ciudad de Cádiz y en San Fernando, en donde es lógico pensar que las circunstancias de avituallamiento de la población eran más duras que en otros lugares, y que cuando faltaban las patatas, las tortillas se hacían únicamente con el huevo, pero se perfeccionó tanto la técnica que acabada la guerra, muchas personas recordaban aquellas tortillas que se hacían “cuando los franceses” y de ahí se le habría quedado el nombre a un plato que, cuando está bien cocinado y en su punto de sazón, resulta delicioso. De otra manera puede llegar a ser poco menos que incomible.

Resulta curioso que un término acuñado en España al que se le puso un nombre apropiado a la situación, se haya popularizado de tal manera que, en el mundo entero, se piense que semejante plato es una invención francesa y que los propios franceses denominan “omelette”.

Omelette no significa nada, pero se aplica a la tortilla y en todo el mundo es igualmente conocida. Pero  ¿de dónde procede la palabra?

No está muy claro el verdadero origen de esta curiosa palabra que de forma parecida y para referirse a lo mismo, fue utilizada por Rabelais allá por el año 1548, escribiéndola “homelaicte”.

En un recetario francés del siglo XVII ya aparece de forma más parecida a la actual: aumellete.

Según esta forma gramatical, parece que pudiera derivar del latín y que se hubiera convertido en “lemellette” una palabra del francés primitivo que quería significar diminutivo de lámina, haciendo referencia a su forma muy aplastada y, ciertamente, parecida a una lámina, cuando no se la voltea sobre sí misma.

Pero todo son especulaciones porque la verdad, el secreto del origen de esta extraña palabra, lo tenemos en España. Igual que la tortilla francesa es netamente española y destinada a la exportación, el nombre con el que los franceses la han venido conociendo no hace referencia a lámina sino a hombres y omelette es una derivación del latín “homo lettere”, hombre de letras, persona instruida, sabia, que ha sido capaz de convertir la adversidad en placer, inventando que con los huevos rotos, se puede hacer una deliciosa tortilla.

Estos hombres letrados, es decir leídos, no eran otros que los cartujos, aquellos a los que se mencionó al principio y esa es la razón, la única razón, por la que en muchos pueblos de España a la tortilla francesa, u omelette, como queramos llamarla, ellos la llaman La Cartujita.

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