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El fin del mundo de la Guerra Fría

2014 noviembre 13
por Miguel Salvatierra

Hace un cuarto de siglo, el pasado 9 de noviembre de  1989, el mundo sufrió una conmoción que cambió el rumbo de la Historia. También fue un momento mágico, casi un milagro, en el que un sueño se hizo realidad. Una revolución pacífica de la gente, que sin derramamiento de sangre y  ejecuciones se impuso a la sinrazón y al totalitarismo.

'Frontera de Luz', una interminable fila de 8.000 globos blancos, que señaló el trazado por donde transcurría el muro que dividió durante 28 años la ciudad de Berlín, formó parte de los homenajes realizados por el 25 aniversario de la caida del Muro de Berlín. AFP

'Frontera de Luz', una interminable fila de 8.000 globos blancos, que señaló el trazado por donde transcurría el muro que dividió durante 28 años la ciudad de Berlín, formó parte de los homenajes realizados por el 25 aniversario de la caida del Muro de Berlín. AFP

La caída del Muro significó, sobre todo, el fin del mundo de la Guerra Fría, congelado por el equilibrio bipolar entre las dos superpotencias. Aunque hoy se ve lógico ese derrumbe, hace veinticinco años nadie había vaticinado el desplome como fichas de dominó de los regímenes comunistas del Este y la implosión de la URSS, pese a que fuera más que evidente el estancamiento de sus economías y el hartazgo de su población.

En el terremoto que supuso la caída del Muro la falla estaba situada a cientos de kilómetros, en una  Unión Soviética exhausta por el esfuerzo armamentista y que acababa de sufrir una humillante derrota en Afganistán. La carrera de armamentos entre la URSS y Estados Unidos con  el órdago definitivo de la llamada Guerra de las Galaxias lanzado por el presidente Ronald Reagan determinaron el fin del régimen soviético. La asfixia económica y el agotamiento de las fórmulas ortodoxas abrieron paso a la perestroika de Mijaíl Gorbachov, al fin del comunismo soviético y, con él, a la desintegración del cemento político e ideológico que mantenía cohesionados a Moscú y a sus satélites.

Los acontecimientos se sucedieron a una velocidad de vértigo. Cayó el Muro de Berlín, la URSS se derrumbo dos años después, los países comunistas salieron en desbandada en busca de su propio futuro y murió la Guerra Fría. Un estado del mundo que parecía destinado a durar siglos desapareció, pero no fue el fin de la Historia como diagnosticaron algunos. El entusiasmo y la euforia no duraría mucho y poco después la guerra y el genocidio regresarían a Europa con la guerra de los Balcanes. Del equilibrio del terror nuclear entre las superpotencias pasamos a la incertidumbre un mundo que parecía fuera de control. Las guerras de Afganistán e Irak, el terrorismo islámico, la primavera árabe, la crisis financiera mundial… Hasta el escenario actual en el que reaparece el sueño imperial de Rusia, China ejerce como nueva superpotencia y una infinidad de guerras y conflictos menores hacen olvidar el viejo pulso atómico. Un escenario en el que Estados Unidos ha dejado de ser la primera potencia política, económica y militar.

En Europa, la caída del Muro cambiaría su geografía y todos sus planteamientos políticos y económicos. La reunificación hizo de Alemania la primera potencia europea  y el centro del poder comenzó a estar en Berlín, más que en Bruselas. La UE se vio obligada un complicado proceso de ampliaciones que ha producido beneficios, pero también desajustes y problemas que la crisis económica ha agudizado hasta el punto de poner en cuestión el mismo significado de integración. Entre esos problemas está el del liderazgo de Alemania, remisa a ejercer sin complejos ese poder, condicionada por el peso de la historia y la desconfianza de sus socios.

En Alemania, la reunificación es hoy un gran éxito y pese a las desconfianzas iniciales entre orientales y occidentales, en las nuevas generaciones ha desaparecido ese muro del que se decía que estaba en la cabeza de la gente.  Una de las realidades más expresivas hoy día de esa integración es que las dos cabezas del Estado alemán, canciller y presidente, Angela Merkel y Joachim Gauck, nacieron en la Alemania del Este.