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Putin pone a prueba a Europa

2014 marzo 20
por Miguel Salvatierra

Vladímir Putin va ganando en la crisis de Ucrania, pero la partida acaba de empezar. Aparentemente se ha sobrepuesto al revés que supuso la revolución popular en Kiev, que provocó la caída de su peón y defensor de sus intereses, Viktor Yanukóvich. Por la vía de los hechos consumados, Moscú tiene bajo su control a la península de Crimea y mantiene viva la amenaza de extenderlo hacia la zona prorrusa ucraniana.

Putin, junto a las nuevas autoridades de Crimea en la firma del tratado de anexión a Rusia. REUTERS

Putin, junto a las nuevas autoridades de Crimea en la firma del tratado de anexión a Rusia. REUTERS

Si echamos un vistazo a los antecedentes, la reacción del presidente ruso no resulta muy sorprendente. El exagente del KGB nunca ha disimulado sus ambiciones de resucitar el proyecto imperial ruso y las ha concretado tanto a través de las presiones políticas o económicas como de las militares. A estas alturas, resulta imposible reconstruir la URSS, pero sí ha visto posible diseñar un campo de influencia que asimile a feudos vasallos bajo su poder. Ya lo ha hecho con Bielorrusia, Kazajistán, Turkmenistán, Uzbekistán y Kirguistán a través de la llamada Comunidad Económica Eurasiática.

El caso de Crimea también tiene su precedente con Osetia del Sur y Abjasia, las provincias secesionistas que se desgajaron de Georgia gracias a la intervención militar rusa en 2008. Argumentos tan convincentes hicieron también que Armenia rechazara la oferta de la Unión Europea para un Acuerdo de Asociación.

Un expansionismo al que Europa hizo caso omiso y prefirió considerar a Putin un socio de fiar y con el que se podía hacer negocios. La prueba más expresiva de ello es la dependencia europea del gas ruso, especialmente los países del este y muy en particular Alemania. Todos los medios han recordado con inquietud el hecho de que el 30% del gas que importa Europa es ruso. También han recordado la significativa presencia de políticos y bancos alemanes en las empresas de petróleo y gas rusas.

Esta dependencia energética ha puesto a prueba la capacidad de reacción europea  ante los movimientos del Kremlin en la anexión de Crimea. Finalmente, la UE consiguió a principios de este mes salir de sus titubeos con la adopción de unas suaves sanciones diplomáticas que quieren ser un aviso de medidas de mayor calado. Si Putin no acaba entrando en razón y se compromete en la vía negociadora con las nuevas autoridades de Kiev, la advertencia está, al menos, sobre la mesa. Queda por ver si la UE la llegará a hacer efectiva y, sobre todo, si Alemania, que trató de frenar o aplazar la adopción de sanciones,  es capaz de arriesgarse a sufrir represalias sobre el suministro de gas. La cuestión es que Putin no está dando ninguna señal de rectificar sino todo lo contrario.

Aunque provenga de una parte implicada, habría que tomar muy en serio la advertencia del primer ministro interino de Ucrania, Arseni Yatseniuk, de que la anexión de Crimea no será la última aventura del presidente ruso: “Esto no es el final… Dios sabe dónde está el límite” de Putin. Quizá haya un exceso de dramatismo en sus palabras, pero el líder del Kremlin parece convencido de que su chantaje sobre la dependencia energética europea va a funcionar y que las posibles represalias no serán demasiado dolorosas. Habrá que ver en los próximos meses si la UE muestra sus tradicionales carencias y falta de unidad a  la hora de afrontar un conflicto de calado. A falta de músculo militar, la única fuerza que puede esgrimir Bruselas frente a Putin es un poder económico que, de ejercerlo, sin duda podría ser muy efectivo sobre el presidente ruso y sus oligarcas. Estos días se recuerda que Rusia, pese a ser una potencia nuclear, tiene el PIB similar a Italia. El desafío es si la UE está dispuesta poner en peligro su incipiente recuperación económica.   

Moscú se escuda en la dependencia energética de la UE, pero Bruselas no puede minimizar el nuevo desafío de Moscú