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Placaje al ruso

2012 junio 13
por Ignacio Tylko

Estadio Nacional de Varsovia. Once de la noche del martes. Hace media hora que el duelo entre polacos y rusos se había cerrado con un armisticio futbolístico que dejó a ambos muy vivos de cara a la jornada final. El enEstadioviado especial recoge el ordenador, lo guarda en el macuto y se dispone a salir del campo. Un día menos para llegar al final. Toca pensar en la selección española y en su choque ante Irlanda de Gdansk.
Las gradas están casi desiertas. La batalla entre hinchas radicales se traslada al centro de la capital. De pronto, un ruso salta al césped y atraviesa el campo enarbolando una bandera de su país. Un miembro de seguridad sale tras él. Sprint espectacular de área a área en el que el ruso sale airoso. Hasta que se encuentra con tres agentes de frente. Le reducen entre los cuatro, cada uno le coge de una extremidad, y se lo llevan detenido. Algunos fotógrafos que todavía seguían a pie de césped corren para intentar captar la instantánea y dejar constancia de si existe algún maltrato. Lo que ocurriera ya dentro de los vomitorios, es secreto de Estado.
Sin tranvía ni autobús, cerrados en la zona hasta varias horas después de acabar los partidos -cualquiera entiende los carteles informativos sobre transporte alternativo que lucen en las paradas- , regresar al hotel es una odisea. Del estadio salen columnas de antidisturbios tras custodiar a la expedición de la selección rusa.
Misión cumplida. Desfilan como el Ejército. En las calles aledañas al campo, centenares de agentes vigilan con los escudos protectores en una mano y el arma en la otra. Policía a caballo, furgones, helicópteros sobrevolando Varsovia… Ciudad tomada. Estado de excepción. Al menor conato de agresión, los policías se despliegan, protegen a la víctima y se llevan detenido al delincuente. Sin mediar palabra. Y sin que a nadie le sorprenda la escena.
Hasta que las calles se abran al paso de los vehículos y aparezca algún taxi, detenerse en alguna terraza para reponer fuerzas es obligado. Siguen abiertos un local turco de kebabs y un restaurante local hindú-polaco. Mezcla extraña pero buena gente. Invitan a una ronda de ‘piwo’. Se divisa bien el panorama en la plaza donde confluye la ‘Rondo Wasyngtona’, la calle principal junto al inmenso estadio, que se eleva junto al río Vístula y se divisa desde cualquier rincón de Varsovia.
Alguna escaramuza pero todo más o menos tranquilo. La sensación de tomarse un pollo picante, ya de madrugada, rodeado de escudos policiales, resulta extraña. Los polacos, acostumbrados a mil batallas, lo viven con cierta naturalidad. Intentan entablar conversación. El idioma, esa gran barrera…. Se indignan de que uno solo chapurree cuatro palabras sueltas en su lengua a pesar de tener sangre polaca en las venas. Tienen razón. Culpa paterna. Un tipo enajenado y borracho, Piotr dice llamarse, luce una gorra militar, asegura que viajó desde muy lejos a Varsovia porque quería matar a un ruso. Quería vengar la muerte de su abuelo, asesinado en tiempos del dictador Stalin. Parece que habla en serio, convencido de lo que dice. Los de alrededor sonríen. Se lo toman a guasa. Mejor no insistir.
Al fin llega una taxi. Vuelta al hotel. Decenas de heridos y un centenar de detenidos es una broma para lo que pudo ser. Créanme. No es cuestión de exagerar. En un Barça-Madrid de alto riesgo, se despliegan en torno a 1.000 policías. Para el Polonia-Rusia, más de 6.000, sin contar a los militares. Más de uno de media por cada diez espectadores. Prueba superada.