Si Dickens fuera de Cádiz (personajes del caso Udyco)
Si Dickens fuera de Cádiz, habría nacido con La Pepa y en pleno asedio francés, pues se acaban de cumplir 200 años de su nacimiento. En Londres también están, por tanto, de Bicentenario. ¡Qué año aquel del 1812!
Pero si Dickens fuera de Cádiz, en cuántos personajes, pillos, buscavidas, chorizetes, genios de la calle y charlatanes de corbata se podría haber inspirado con darse un paseo, como solía hacer por Londres, siempre al linquidoi. Aquí en Cádiz es fácil encontrarlos. Empezando por una redacción como la de La Voz, donde no le faltará un personaje, y terminando por cualquier bar de la Viña.
Ayer pude ver reunidos a unos cuantos de estos figurantes de novela realista, que se dieron cita en el juicio del ‘caso Udyco’ de la Audiencia. Me cautivaron su manera de hablar, su picardía y su instinto, siempre avizor, para no incriminarse nunca (aunque en esta ocasión nadie les estaba juzgando). Por un lado estaba TP1, exlegionario toxicómano que se vuelve confidente. También la veterana camella que jura tener “un cáncer de cerebro” desde hace años, y por eso compraba hachís, para hacerse “infusiones”. Esta mujer hablaba de usted al exjefe de la Udyco y usando el ‘don’. Sabía quién era de cuando la detuvo, porque antes “no tuvo el gusto de conocerlo”. Según contó, el día de su arresto fue consciente de que la Policía la seguía desde que salió de su casa, pero que no tenía miedo, porque solo iba a comprar droga, no a vender. “Yo había dejado de vender aquel año”, casualmente.
También fue curioso el tipo al que pillaron en el bar viñero, en el que habían hecho un par de redadas. Juraba que no había vendido hachís en su vida, pero “cuando me cogen siempre llevo trozos para todo el mes”.
Sin embargo, mi preferido fue el supuesto camello de palabra engolada que recordaba aquella época como “algo muy doloroso y muy cruel” y me amenazó con denunciarme si me atrevía a dar su nombre… Para curarme en salud, camuflaré su mote y le llamaremos ‘El Lechuza’. En su caso tenía dolor de hígado, por eso compró un kilo de hachís: para guardarlo en su casa. “Es como al que le gusta el vino y tiene una bodega”, dijo. Además, al comprar la droga por kilos, le salía más barata, como quien va al Makro. El tío, con una paga de 900 euros al mes, le dio 1.200 euros al TP1 para que se la trajera de Barbate. Tuvo frases memorables, como “Yo me siento muy gaditano, y muy humano” o “nunca me ha gustado ni el dinero, ni el poder, ni el jardín de las vanidades”. Cuando le preguntaron si alguna vez había vendido droga, se indignó y no paró de repetir que “¡Eso es una calumnia!”.
En sus declaraciones parece fácil imaginar qué cosas son ciertas, qué son simuladas y qué parte es disimulada. Sus maneras de hablar y de moverse, sus ojos hundidos y los pómulos marcados por la droga y el hambre, sus voces roncas y entrecortadas son dignas de aparecer, como digo, en alguna novela de Dickens o de Galdós. El maestro de los Episodios Nacionales sí situó en Cádiz a su Gabriel de Araceli.


