Zoido y la pancarta
Llegan a esta patrulla informaciones varias sobre el considerable malestar que existe entre miembros de la judicatura con la decisión del alcalde de Sevilla, Juan Ignacio Zoido, de encabezar la manifa que ayer hizo vibrar de puro cabreo a las calles hispalenses. Más que informaciones son comentarios de pasillo, pero llama la atención que procedan de sectores conservadores de la toga, a los que se les presume más empatía con el primer edil por comulgar con una ideología hermana o prima hermana. La discrepancia con el regidor sevillano es por su condición de magistrado al que se le espera una mayor sensibilidad hacia el trabajo que ha realizado el tribunal que juzgó el caso de Marta del Castillo. Como tituló mi compañero Pepe Landi en uno de sus comentarios canalla, una cosa es lo justo y otra lo legal. Que la sentencia que deja libre a tres de los cuatro acusados nos cuesta digerirla, no hay que tener una especial sensibilidad para que se te atragante en la primera lectura, pero tampoco sería de recibo imponer condenas sin ninguna base legal. Sin mimbres no se hacen canastos. Aquellos que repasamos de vez en cuando el Código Penal, la ley de enjuiciamiento criminal y otras hierbas normativas preveíamos este desenlace, seamos sinceros.
Entiendo que Zoido ha decidido aparcar para siempre la toga, jubilarse de político y que no hará como Garzón, regresando por un camino que no tiene retorno ético. En ese caso, el primer edil de Sevilla ha encabezado un clamor popular por un cambio en la legislación. Si decide volver a administrar Justicia, cometerá el mismo error que Baltasar y encontrará a buen seguro el rechazo de aquellos que se sienten incomprendidos por alguien que antaño fue su compañero, que antaño tuvo que tomar las misma decisiones difíciles. No se puede ser juez y parte.



