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Relaciones peligrosas

2011 noviembre 17
por silvia tubio

El otro día lo pillaron otra vez. Un conocido muy conocido de la Comisaría Provincial, de los que saludan en los calabozos en cada regreso, lo volvieron a trincar en pleno ‘business’. La criatura le ha dado ahora por las pastillas de metadona, que quitan el mono y son más baratas que el polvo blanco. La crisis ha dejado secos a muchos adictos de los que antaño se subían a diario en un andamio, se acompañaban siempre de un maletín o cerraban negocios por el móvil. Pero ahora no hay pasta para esos vicios tan caros.

Pues ese camello del low cost tiene historia porque ha sido capaz de procesar a un inspector del Cuerpo Nacional de Policía. El agente, que trabajaba antes en la UDYCO, lo tenía de confidente y un buen día su colaborador se le revolvió y le denunció. Su acusación: obligarle a vender droga para garantizarse detenciones y por ende buenos resultados policiales. A mi esta película, que se resolverá en un juicio, siempre me ha sonado a melodía incompleta. Mi experiencia me dice que cuando un poli se corrompe siempre hay detrás un afán de lucro. Los salarios de estos funcionarios a veces no soportan las tentaciones de los malos. Pero sería la primera vez que un jefe policial mete la pata para detener a más camellos. ¿A que suena raro? Si a esto le añades unas gotas de inquina personal entre compañeros y algo de ánimo de venganza el cóctel está servido.

Este ejemplo sirve para ahondar en la necesidad que tiene el actual marco jurídico de regular con detalle la relación confidente-policía. Cuando esto se deja tan en el aire, invita al abuso, a los malentendidos y a que alguien, normalmente el que tiene más que perder, se quede vendido. Porque ya sabemos que prescindir de ese tipo de información es inviable si se quiere plantar cara en la guerra contra los malvados ¿no?