No soy muy partidario de los movimientos “Indignados”. Hay veces que no entiendo que quieren o que pretenden. No es que no simpatice. Simpatizo como todo español o habitante del planeta que ve injusticias en el actual reparto de ganancias y poder. Pero cuando uno se pregunta ¿A dónde nos quieren llevar?, pues, como que no termina de tenerlo claro. A veces me da la sensación de derivar hacia una especie de anarquía. Quieren un cambio en el sistema, pero no sabemos a cual. “Uno justo”. La justicia va por barrios. Aquí en Ibiza también hay indignados. Si de mí dependiese que ellos tomasen las decisiones sobre la isla, les ponía una orden de alejamiento sobre cualquier cargo público. De izquierdas, centro o derecha, cuando votas un partido se supone que ese partido debe seguir una ideología. Cuando todo se convierte en un “según mi criterio”, me dan escalofríos.
Dicho todo esto, hoy leo la noticia sobre la niñera Molly Katchpole. Según se publica, su banco pretendía cobrar cinco dólares al mes por el uso de la tarjeta de crédito. Una iniciativa curiosa aunque no pionera. Curiosa porque si yo me negase a utilizar mi tarjeta de crédito no podría acceder a mis cuentas por Internet, ni pagar en las tiendas, ni utilizar el cajero. Cada vez que quisiera realizar algún tipo de operación con el banco me tendría que acercar hasta la oficina, esperar la cola y sacar dinero. Y si todo el mundo tomase la misma decisión, las colas empezarían a ser realmente largas. Además no sacaría lo justo para pagar. Sacaría un buen pellizco para no tener que pasar por el banco cada día. Y ese sería un dinero con el que el banco no contaría. Ya puestos, buscaría una oficina más cerca de mi casa. La de ahora me pilla lejos pero me daban mejores condiciones para la hipoteca. Lo que para mí supone una molestia y una pérdida de tiempo considerable, trasladado al banco le supone abrir más oficinas si no quiere perder clientela, incluir más personal para atender la demanda y reducir sus inversiones pues habría más dinero en la calle.
Molly Katchpole ha conseguido reunir más de trescientas mil firmas. Pero lejos del número, lo importante ha sido movilizar la opinión pública. El banco ha hecho números y ha dado marcha atrás. Probablemente hubiese seguido con su propuesta y muchos habrían terminado pagando este impuesto por tener nuestro dinero. Es como si un inquilino le pidiese al casero dinero por tener ocupada su propiedad. Un sin sentido al que los indignados se oponen. Y yo les aplaudo.

