Aprendiéndonos

En esta reflexión que comienzo a realizar no puedo desprenderme de mis sueños como educador forjados a partir de la lectura de autores tan significativos como Paulo Freire, cuando nos comenta que educar es generar espacios y tiempos dónde cada uno sea capaz de decir su palabra, la propia. Decir la palabra está relacionado con ser capaz de participar, es decir, tomar decisiones en los espacios y tiempos de los que los diferentes actores educacionales formamos parte.

Mi primera pregunta surge entonces: ¿participan nuestros alumnos de los procesos que viven cotidianamente al interior de la Universidad en la que se están formando? ¿Poseen el desarrollo adecuado de las capacidades que les permiten participar autónomamente en dichos espacios y tiempos? ¿Somos capaces los académicos/as de esta institución de generar verdaderos encuentros de diálogo, participación y decisión?

Pareciéramos estar inmersos en lo que algunos han llamado las falacias de la participación. La participación de nuestros alumnos/as queda reducida a aquellas situaciones que verdaderamente no tienen relevancia significativa para ellos, pues se podrían reducir a decidir en relación a los electivos que cursarán, en ir o no a clases, preguntar o silenciar sus inquietudes, etc. ¿Cómo desarrollar, entonces, valores democráticos en nuestros alumnos/as si no les permitimos decidir sobre aspectos relevantes para ellos? ¿Cómo nuestros alumnos van a ser profesionales autónomos si no necesitan de la autonomía para comportarse en su formación inicial y nosotros no estamos generando esos espacios y tiempos?

Sueño con una institución y un grupo de docentes que se apasionen con un proyecto fundado en la vivencia de la libertad como germen educativo. Vivir la libertad requiere de aceptar la incertidumbre, pues ella es parte consustancial del conocimiento. Necesitamos aceptar el error como parte constitutiva del aprendizaje y de la vida universitaria de nuestros alumnos y docentes.

Eva (5 años) iba en coche con su madre y le dijo: “Mamá, yo ya me puedo sacar el carnet de conducir porque me sé las señales”. “A ver si es verdad, le contestó la madre: ¿Qué quieren decir los colores de un semáforo? Y Eva contestó: “Verde, puedes pasar; rojo, no pases, y naranja, corre que se va a poner rojo”. (Santos Guerra, 2007)

Inocencia, sentido común, sinceridad, reconocimiento de las sutilezas,características todas estas de nuestros niños y niñas y características todas estas que tanto profesores como alumnos universitarios comenzamos a olvidar debido, entre otras cosas, a las características de nuestros sistemas educativos formales, entre ellos la universidad, que privilegian características del conocimiento como son la objetividad, la cuantificación, la repuesta única, etc. Característica éstas que nos hacen negar todo lo que fuimos cuando niños, darle la espalda a ese niño que sólo aparece en nuestra escondida intimidad de nuestros espacios y tiempos personales e íntimos, pero que desaparecen en nuestro lugar de trabajo y de estudio, en la formalidad de la burocracia que constriñe y atrapa en las exigencias institucionales, y que no nos permite disfrutar del conocimiento como una experiencia cargada de incertidumbre y de pasión por acercarnos a creer en nuestra capacidad de soñar con una escuela y universidad diferentes.

¿Y el sujeto de la EDUCACIÓN?

Hace algún tiempo le escuché a Francisco Gutiérrez, educador español radicado en Costa Rica, y antiguo colaborador del educador brasileño Paulo Freire, comentar que la metodología freiriana había fracasado. Al decir estas palabras, algunas de las personas que en aquel momento lo escuchaban mostraron su indignación ante tal comentario, pero Francisco Gutiérrez aclaró: “la metodología freiriana ha fracasado porque le quitaron lo verdaderamente relevante, a Paulo Freire”.

Tremenda reflexión ésta en los momentos en los que nos encontramos, en donde se habla de educación y se toman decisiones al respecto haciendo desaparecer y sin tener en cuenta a los verdaderos protagonistas de dicho proceso: los educandos y los educadores.

Reforma tras reforma, curso tras curso, capacitación tras capacitación. Todo cambia pero pareciera que todo siga igual. ¿Cuál es el valor de una capacitación determinada? ¿Creemos que ese perfeccionamiento puede verdaderamente generar cambios profundos en la forma de ser, sentir, pensar, actuar de los educadores y educadoras? ¿Podemos capacitar a alguien en metodologías participativas de enseñanza y de aprendizaje cuando muchas de esas personas poseen, en lo más profundo de su ser, una tremenda convicción que los lleva a pensar que la participación activa del alumnado no es requisito para el aprendizaje, o cuando entienden la participación como un simple, ‘tienen dudas’?.

Entendiendo la educación como el proceso de creación de relaciones posibles (Calvo, Carlos; 2001, 2002, 2004) necesitamos entender que la participación no es algo positivo para el aprendizaje sino que es la única forma de conseguirlo. Sentirse parte de un proceso, tener la libertad y la autonomía para decidir, para tomar decisiones, etc., es estar educándose constantemente, como lo hacemos en nuestra vida cotidiana del día a día; características éstas que tenemos que abandonar cuando entramos en el espacio formal – institucionalizado de las instituciones educacionales, pues éstas parecieran querer enseñar a participar, a ser autónomos, democráticos, críticos, etc., sin que ninguna de estas características estén presentes en dichas instituciones, ni para el alumnado ni para el profesorado, y menos aún para la organización de la institución.

ecesitamos entonces recuperar al sujeto, sus inquietudes, necesidades, reflexiones, contradicciones, vivencias, historias vitales, etc., para así llegar a un proceso educativo verdaderamente humano, en donde la pasión y el amor por conocer nos conduzca a la verdad; ¿cuál verdad?

Cambia, todo cambia

Todo cambia pero todo sigue igual. Se han dado ustedes cuenta de que a pesar de todos los cambios acaecidos durante el siglo XX y los inicios del siglo XXI, la educación formal, en sus diferentes niveles sigue funcionando a partir de los mismos criterios.

La física cuántica nos muestra como la realidad es un infinito de posibilidades y que de todas estas los seres humanos debemos decidir acerca de cuál realidad queremos vivir, es decir, que somos totalmente libres para elegir pero a la vez debemos responsabilizarnos de dicha elección. La neurofisiología nos da ejemplos de cómo las emociones condicionan nuestro quehacer diario e incluso llegan a modificar nuestro ser más profundo. La computación nos permite conectarnos con realidades distantes de nosotros en miles de kilómetros. Los grandes educadores, entre los que tengo que destacar a Paulo Freire, nos demostraron, y nos siguen demostrando, que el amor, la aceptación del otro, el compromiso social, la responsabilidad, el actuar ética, el convivir democrático, los procesos de pensamiento eficientes, etc., son lo que caracterizan a una verdadera educación que nos permita elegir responsablemente en el infinito mundo de posibilidades que nos desentraña la física cuántica.

A pesar de ello, las instituciones educativa formales siguen generando espacios educativos, aunque muchas de las autoridades universitarias se llenen la boca con discursos constructivistas y democráticos anunciando la contrario, donde la estructura jerarquizada, la escases y/o inesistente participación de los alumnos/as, la estrechez de campo mental para priorizar la formación en función del cambio social y no única y exclusivamente de las salidas profesionales que nos pueda entregar, no permiten un verdadero fluir de los procesos de enseñanza y de los procesos de aprendizaje.

Pero ahora volvemos a cambiar. Ya hemos comenzado a conversar del modelo de formación por competencias. Un nuevo cambio para que todo siga como hasta ahora.¡¡¡Verdaderamente sorprendente!!!

¡¡Dios mío, que me saque buena nota!!

Esta es una expresión que le he escuchado a una alumna universitaria mientras caminaba por los pasillos de la universidad donde trabajo y desarrollo mi labor profesional. Y después de escuharla me he puesto a reflexionar acerca del tipo de profesionales que formamos y de la influencia que los sistemas de evaluación y calificación que utilizamos tienen en nuestros estudiantes.

En estas semanas, mal llamadas semanas de exámenes, uno puede percibir por los pasillos de la universidad os nervios, el estrés e incluso alguna que otra lágrimaocasionada por malos resultados en los dichosos exámenes.

Me hubiera gustado que la expresión de la alumna hubiera sido otra, por ejemplo,¡¡¡Dios míos!!! ¿seré capaz de aprender y vivenciar el próximo semestre todo lo que aprendido y experimentado el semestre que está finalizando? Pura utopía dirán algunos, imposible dirán otros. Pues yo digo que un trabajo pedagógico dirigido por conseguir expresiones como ésta última es la única forma de ofrecer a nuestros alumnos y alumnas que están estudiando para ser educadores/as, un futuro profesional anclado en el más profundo sentimiento de querer transformar el mundo, de hacerlo más vivible, de generar espacios dignos de vivir por ellos, por nosotros y por todos/as.

¿Depende el aprendizaje de la nota obtenida en una asignatura particular? No sólo no depende sino que las exigencias por conseguir dicha calificación soncontraproducentes. Siempre recuerdo a mi profesor Juan Manuel, en séptimo básico, entrar a clase el primer día y decirnos lo siguiente: “no se preocupen por la nota que obtendrán, pues mi única exigencia es que durante este año terminemos amando el lenguaje y la expresión artísitca” Ahí comenzó mi pasión por la lectura y la escritura, y ahí comenzó a nacer mi interés por una pedagogía con sabor, olor, tacto, en definitiva,con pasión y ánimos de revolución.

Nos sobran los discursos pedagógicos llenos de buenas intenciones de muchos académicos, que creen que únicamente hablando podremos construir algo diferente. Sin embargo, todo el sistema educativo formal está escaso de profesionales de la educación que tengan en la eutopía su bandera de lucha. Sí, sin miedo he dicho lucha, pues no nos queda más que luchar contra las injusticias sociales y las discriminaciones que germinan en los espacios y tiempos pedagógicos, ahora disfrazados con el manido discurso de las competencias, pero que se siguen generando por doquier. Nos sobran los profesionales que sirven a un sistema educacional que ayuda a que persista el capitalismo negador de subjetividades sociales e individualidades y que lo perpetúa continuamente. Nos faltan profesionales que sirvan a otras causas diferentes a las del mercado vigente. Ya lo decía Don Quijote: la honra del amo descubre la del criado; según esto, mira a quién sirves y verás cuán honrado eres.

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